<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167</id><updated>2012-01-19T13:59:31.158-08:00</updated><title type='text'>Holden Caulfield</title><subtitle type='html'>Cuentos y algo de periodismo</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>22</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-7513009571974918485</id><published>2011-12-07T05:52:00.000-08:00</published><updated>2011-12-07T06:06:40.592-08:00</updated><title type='text'>Merlin y yo</title><content type='html'>&lt;pre&gt;Esta crónica del show de Rick Wakeman (3/12, en Buenos Aires)&lt;br /&gt;se publicó originalmente en el más que recomendable&lt;br /&gt;dixihedicho.com.ar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;Cuando era chico yo quería ser como Rick Wakeman. Lo&lt;br /&gt;descubrí en un video viejísimo de "Close to the edge",&lt;br /&gt;imponente con esa capa dorada, un caballero medieval&lt;br /&gt;domando sintetizadores a la velocidad del rayo. Me soñé en&lt;br /&gt;el centro de una interminable montaña de teclados, tocando el&lt;br /&gt;solo de "Close to the edge" con los ojos cerrados. El tiempo&lt;br /&gt;se encargó de explicarme que carezco del mínimo talento para&lt;br /&gt;hacer música y los sueños quedaron en&lt;br /&gt;eso. Sueños. Pasaron los años -demasiados-, y una noche de&lt;br /&gt;diciembre me reencontré con Rick Wakeman, y durante dos&lt;br /&gt;horas -bellas, plenas, mágicas- dejé salir al chico que allá&lt;br /&gt;lejos, cuando se desperezaba la década del 80, tocaba "Viaje&lt;br /&gt;al centro de la tierra" enfundado en una soberbia capa&lt;br /&gt;imaginaria.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;¿Quién fue/es el mejor tecladista de la historia del rock?&lt;br /&gt;La biblioteca está prolijamente dividida: la mitad sostiene&lt;br /&gt;a Wakeman, la otra mitad a Keith Emerson. Tan divertida&lt;br /&gt;como bizantina, la polémica es imposible de zanjar. Hay&lt;br /&gt;determinados grados de virtuosismo que escapan al&lt;br /&gt;entendimiento de los fans. O de los melómanos (y también&lt;br /&gt;de los académicos, aunque se obsesionen por ocultarlo).&lt;br /&gt;Exquisitez, técnica, precisión y corazón constituyen la&lt;br /&gt;esencia de Wakeman y de Emerson cada vez que atacan una&lt;br /&gt;partitura. Emerson es más expresivo (imposible imaginar&lt;br /&gt;a Wakeman clavando teclas y dando vuelta un sintetizador),&lt;br /&gt;mientras que Rick es pura elegancia. Y son -además-&lt;br /&gt;extraordinarios y eclécticos compositores, capaces de&lt;br /&gt;surfear entre el más clásico romanticismo, la grandiosidad&lt;br /&gt;orquestal, el minimalismo jazzístico y, por supuesto, el&lt;br /&gt;rock and roll. Digamos entonces, para ser justos, que tocó&lt;br /&gt;en Buenos Aires uno de los dos mejores tecladistas de&lt;br /&gt;la historia del rock.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;Fueron varias las visitas de Wakeman a la Argentina y&lt;br /&gt;varios los repertorios que trajo. También las estéticas y&lt;br /&gt;las propuestas. En uno de sus primeros shows las fotos&lt;br /&gt;lo muestran con un -ejem- enterito plateado. Al escenario&lt;br /&gt;del Gran Rex subió con un impecable traje negro, combinado&lt;br /&gt;con un envidiable calzado blanco y corbata bicolor. La&lt;br /&gt;cabellera -no tan larga como en sus épocas de señor feudal-&lt;br /&gt;mantiene un admirable rubio Koleston. Es imponente Wakeman,&lt;br /&gt;gigantesco junto al piano de cola que lo acompañó durante&lt;br /&gt;todo el show. Y simpático. Antes de cada andanada se pone&lt;br /&gt;de pie, toma el micrófono y presenta el tema. "Cada vez&lt;br /&gt;que vengo me prometo que voy a aprender español. Por lo&lt;br /&gt;menos ya sé decir café con leche". Risas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4&lt;br /&gt;Fue un recital perfecto en su concepción y su ejecución.&lt;br /&gt;Nada de mellotrones ni de Korgs ni de clavicémbalos. Lo&lt;br /&gt;dicho: Wakeman y el piano. A su alrededor, la orquesta y&lt;br /&gt;el coro de Buenos Aires, inspirados para ejecutar los&lt;br /&gt;quirúrgicos arreglos que Wakeman pergeñó sobre sus&lt;br /&gt;clásicos. Guy Protherce condujo con solvencia -y un&lt;br /&gt;admirable despliegue físico- cada sección. Los bronces&lt;br /&gt;se lucieron gracias a "Arthur" y vayan mis respetos hacia&lt;br /&gt;la arpista, lejana sobre las tablas pero capaz, a fuerza&lt;br /&gt;de dulzura, de cantarnos al oído.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5&lt;br /&gt;Desmenuzando el show:&lt;br /&gt;A) "Los mitos y leyendas del rey Arturo y los&lt;br /&gt;caballeros de la mesa redonda". Inmejorable comienzo.&lt;br /&gt;Wakeman nos transportó a lo más profundo de los bosques,&lt;br /&gt;cabalgando hacia Camelot entre seres fantásticos y violines&lt;br /&gt;que exploran el follaje. Y qué final.&lt;br /&gt;B) "Gone but not forgotten". Es una de las composiciones&lt;br /&gt;preferidas de Wakeman, del disco "Cost of living". Pura&lt;br /&gt;melancolía.&lt;br /&gt;C) "Catherine Howard".Un presente para los fans, tratándose&lt;br /&gt;de uno de los segmentos más divulgados de "Las seis esposas&lt;br /&gt;de Enrique VIII" (mi favorito es "Ana de Cleves", tal vez&lt;br /&gt;porque es la esposa del buen Henry que mejor me cae. En fin).&lt;br /&gt;D) "Help!/Eleanor Rigby". Wakeman versionó maravillosamente&lt;br /&gt;a los Beatles. La segunda parte dejó a todos -literalmente- con&lt;br /&gt;el corazón en la boca.&lt;br /&gt;E) "After the ball". Uno de los temas que Wakeman compuso para&lt;br /&gt;la película de los Juegos Olímpicos de Invierno. ¡Y todos&lt;br /&gt;a la pista de esquí!&lt;br /&gt;F) "Viaje al centro de la Tierra". Es la más famosa y&lt;br /&gt;ultrainterpretada de las obras de Wakeman. Y sonó como un&lt;br /&gt;descubrimiento. ¿Cómo hace?&lt;br /&gt;G) "Merlin el mago" (primer bis). Lágrimas.&lt;br /&gt;H) "The jig" (segundo bis). Festiva y juguetona, es una pieza de&lt;br /&gt;"Cirque surreal". Todos los ánimos arriba, porque se viene la&lt;br /&gt;despedida. Pero no.&lt;br /&gt;I) "Viaje al centro de la Tierra" (tercer bis). Se acabó el&lt;br /&gt;repertorio. No hay nada más ensayado. Pero la hinchada quiere&lt;br /&gt;más. ¿Y qué hace Wakeman? Toca de nuevo el impresionante&lt;br /&gt;epílogo de su saga monumental.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6&lt;br /&gt;No, no hubo ningún tema de Yes en el setlist.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7&lt;br /&gt;La hora posterior a cada show es una avalancha de sensaciones.&lt;br /&gt;Tratamos de guardar cada pedacito de exaltada felicidad.&lt;br /&gt;La sangre fluye a una velocidad distinta, producto del estado&lt;br /&gt;de gracia que nos invade. Así que remonté Corrientes y caminé&lt;br /&gt;y caminé. En una esquina vi al chico de mirada soñadora, con&lt;br /&gt;la capa dorada, tan feliz como yo. Él también me vio. Y juro&lt;br /&gt;que me dedicó una sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;/pre&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-7513009571974918485?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/7513009571974918485/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=7513009571974918485' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/7513009571974918485'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/7513009571974918485'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2011/12/merlin-y-yo.html' title='Merlin y yo'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-5555095680981040084</id><published>2011-11-11T09:08:00.000-08:00</published><updated>2011-11-11T09:09:26.585-08:00</updated><title type='text'>El tren Morphine arrolló a todos</title><content type='html'>Así fue el extraodinario show de Members of Morphine &amp;amp; Jeremy Lions en Tucumán. La crónica se publicó también en LAGACETA.com.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;¿Qué hay dentro del saxo de Dana Colley? ¿Una guitarra? ¿100 guitarras?  ¿Un teclado? ¿Una base de datos? Elemental: todo eso junto, lo que  proyectado por las vías del ferrocarril Morphine se traduce en una  locomotora. Descomunal y farfullante locomotora de sonidos, una fuerza  arrolladora, propulsada por un equipo de percusión de cuatro brazos  prodigiosos y balanceada por la feliz descontractura del talentoso  Jeremy Lyons. Como un machete, el saxo de Colley abrió camino en una  selva de rock, blues, jazz y rockabilly. Y allá fuimos, seguros y  convencidos detrás del más confiable de los guías musicales.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;Se presentan como Members fo Morphine &amp;amp; Jeremy Lyons. Lo de "members"  viene a cuento de la ausencia de Mark Sandman, el cantante y bajista  muerto hace ya demasiados años. Colley y los bateristas Jerome Dupree y  Billy Conway -en un gesto poco común, teniendo en cuenta lo vapuleadas  que pueden ser las bandas- no asumen la totalidad del grupo. Falta una  pieza, así que no dejan de ser "members" de un todo desmembrado (por la  fuerza). Lyons asume el rol de Sandman: canta, aplica los martillazos  con el bajo de dos cuerdas y regala exquisitos fraseos bluseros con su  guitarra. El cuarteto, ajustadísimo, funciona como un reloj. Y no  precisamente de los de arena.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;Arrancan en primera, despacito, casi susurrando "Have a lucky day". El  tren sale de la estación rodando con suavidad. Después acelera, se toma  un respiro de blues para lubricar el motor, al toque pone quinta y  descarga toda la adrenalina rockera, y al final llega a la estación  bañado en flores y ovaciones. El maquinista Colley baja del escenario,  sostiene las notas con el saxo, estrecha manos y ensaya una festiva  vuelta olímpica alrededor de la platea del Alberdi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4&lt;br /&gt;La de Lyons es una historia de película. Nació en la señorial  Massachussets, pero lleva los sonidos del Delta en la sangre. Lo exhibe  en los movimientos, en la gracia con la que se agacha para tocar, en los  guiños de espaldas al arco y de frente a los tambores. Por momentos  canta a lo Tom Waits, descargando sentencias frente al micrófono.  Después cambia y utiliza el delay. Por ahí se agacha para acariciar una  misteriosa y tentadora botellita. Lyons se hizo de un nombre y de un  estilo tocando en las calles de Nueva Orleans, hasta que el huracán  Katrina se llevó su casa y él volvió a la costa Este. Es cultor de una  fusión de blues y rockabilly (el Deltabilly), y algo de eso regaló  durante el show de anoche. Sus investigaciones etnomusicales quedaron  reflejadas en un muy recomendable libro. Además, es dibujante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5&lt;br /&gt;"¿Dónde estamos?", preguntó Colley, con la mano como visera y levantando  el sombrerito. Escudriñó la platea y entabló desde allí un afectuoso ida  y vuelta. Para echarle carbón a la máquina y despertar a los pasajeros  apeló a uno de las (pocas) composiciones festivas y optimistas de  Morphine: "Yes". Esa que dice "si no puedes decidir lo que vas a hacer  con tu vida/estoy seguro de que harás lo correcto/porque siempre supe  que sos increíblemente brillante". Sandman no solía expresar  celebraciones de la vida en sus versos, pero como le dijo Lyons a LA  GACETA: "hay mucha tristeza y dolor en las letras de Mark, pero eso está  enterrado, no está al frente".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6&lt;br /&gt;"¿Conocen este tema?" -nueva pregunta de Colley, al cabo de un par de  compases-. "Si", se escucha desde la primera fila de la platea.  "Entonces subí a cantar con nosotros". Y allá fue Patricia Salazar,  feliz con la posibilidad de unirse a la banda para descargar una  preciosa versión de "French fries with pepper". Dupree se paró para  aplaudirla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7&lt;br /&gt;Entonces, ¿cómo hace Colley para que su saxo barítono se transforme en  mil instrumentos a la vez? Los sonidos pasan por el amplificador de la  guitarra y los combina con efectos electrónicos. Magia. "Hasta donde sé,  no hay nadie en el mundo literalmente que haga lo que él hace", resumió  Lyons. Colley también canta -muy bien- y siente el blues con una  intensidad tal que su solo de armónica invitaba a cerrar los ojos y  balancearse al sol en una tarde de verano, a la vera del Mississippi.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8&lt;br /&gt;La base rítmica de Members of Morphine &amp;amp; Jeremy Lyons es descomunal.  Dupree y Conway asombraron por su condición de versátiles pulpos capaces  de alternar adrenalina rockera con suaves caricias jazzísticas a los  platillos. Del bajo de dos cuerdas de Lyons está todo dicho. El soporte  sonoro, complementado por el saxo, fue una novedad cuando la banda  debutó como un power trío... sin guitarra. Dos décadas después de  aquella explosión, la música de Morphine mantiene su modernidad (con  todo lo que este discutible concepto encierra).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9&lt;br /&gt;Fueron 90 minutos estimulantes. Un placer que se dio y nos regaló el  productor Gabriel Fulgado, uno de esos canapés que se degustan muy de  vez en cuando por estas playas. Había que sentir la emoción en el  Alberdi cuando la banda se despidió cantando "All your way". Tan  profesionales como relajados; tan talentosos como divertidos, Members of  Morphine &amp;amp; Jeremy Lyons desplegaron uno de los mejores shows que pasaron  en los últimos tiempos por Tucumán. Bien ganados están los brindis  previos y posteriores.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-5555095680981040084?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/5555095680981040084/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=5555095680981040084' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/5555095680981040084'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/5555095680981040084'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2011/11/el-tren-morphine-arrollo-todos.html' title='El tren Morphine arrolló a todos'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-8212348877471362145</id><published>2011-10-22T16:59:00.000-07:00</published><updated>2011-10-22T17:00:34.433-07:00</updated><title type='text'>Epifanía en el Palacio de los Deportes</title><content type='html'>Los 60 años de Charly disparan recuerdos y agradecimientos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;El chico mira asombrado la fiesta. Cayó la noche y en el Palacio de los Deportes se respira una alegría tan contagiosa que conmueve. Hasta que Charly García sale a escena y la felicidad muta en rugido. Al chico se le adhiere entonces a la expresión una sonrisa que lo acompañará más allá del amanecer.&lt;br /&gt;De pronto hay lágrimas en el público. Charly está cantando eso de que los amigos del barrio pueden desaparecer y hay abrazos, y un coro que se quiebra aquí y allá. Todo está demasiado fresco. El chico palpa esa catarsis colectiva en la piel y descubre de lo que es capaz un artista popular.&lt;br /&gt;Unos días antes, el show compartido por Nito Mestre y Celeste Carballo había derivado en corridas. Un cachito de bardo. Tremendo para la época; naif recordado a tanta distancia. “Me dijo Nito que hay que venir con casco... Pero acá no pasa nada”, arenga Charly. Y entona los gurkas siguen avanzando, los viejos siguen en TV... El chico no puede dejar de pensar en su papá, obesionado cada madrugada mientras intentaba sintonizar alguna radio lejana para saber, realmente, qué estaba pasando en esa guerra maldita.&lt;br /&gt;El chico mira a Charly (¡qué alto que es!, descubre) y comprueba que esos dedos larguísimos han nacido para tocar el piano. Le encanta cuando acompaña la batería lanzando golpes al aire. El chico ya sabe de memoria varias canciones, pero una lo marca particularmente. Esa en la que Charly le explica que en este país los inocentes son los culpables, y que siempre hay un Rey de Espadas togado, vigilando que el trabalenguas trabe lenguas, y que el asesino... asesine. Y en silencio, a lo lejos, le dice a Charly que sus letras están invitándolo a pensar. Con el tiempo valorará infinitamente eso.&lt;br /&gt;Es que el chico, en algún momento de esa noche inolvidable de mil novecientos ochenta y pocos decide que quiere pasarse la vida cronicando la realidad. Que necesita contar lo que ve. Que eso del periodismo es su inexorable destino. Feliz cumpleaños, Charly. Y gracias.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-8212348877471362145?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/8212348877471362145/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=8212348877471362145' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/8212348877471362145'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/8212348877471362145'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2011/10/epifania-en-el-palacio-de-los-deportes.html' title='Epifanía en el Palacio de los Deportes'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-1162892422680571526</id><published>2011-10-09T18:39:00.000-07:00</published><updated>2011-10-09T18:42:15.429-07:00</updated><title type='text'>Un disco fundacional cumplió 20 años</title><content type='html'>Se esperaban más pirotecnia a partir del cumpleaños de "Nevermind". Demasiado poco se dijo y se escribió. Será que esta clase de cosas ya no le importan a nadie. En fin.&lt;br /&gt;&lt;b&gt;&lt;br /&gt;1&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A fines de los 70 Roger Waters y compañía cantaron "no  necesitamos educación". A mediados de los 80, Morrissey y los suyos se  burlaron del ritual del director en un alarde de fino e inigualable  cinismo. El grito de los 90 fue más allá de aquellas críticas que Pink  Floyd y los Smiths derramaron sobre el &lt;i&gt;sistema&lt;/i&gt;. Perentoria, la  orden fue "¡entreténgannos!" El tema se llamaba "Smells like teen  spirit".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;2&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si en el universo Nirvana eran  conscientes de que estaban pariendo un clásico durante las sesiones de  grabación de "Nevermind" se cuidaron bien de contar los porotos por  anticipado. Tratándose del segundo trabajo de estudio de la banda, con  el agregado del debut del baterista (dato no menor tratándose de un trío  en el que las melodías surgían de aportes colectivos), ¿quién podía  imaginarse que viajaban en transbordador rumbo al número uno?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;3&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;Grunge&lt;/b&gt;:  derivado del adjetivo "grungy" (en inglés, sucio, desaliñado). Aplicado  al género musical desarrollado en la ciudad de Seattle a partir de la  caótica y bienvenida mescolanza de hard rock, punk y heavy metal con las  estructuras más ruidosas del pop. El grunge fue el mascarón de proa del  indie rock, a caballo de Nirvana, Pearl Jam, Blind Melon y Soundgarden,  los jinetes del Apocalipsis noventoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;4&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Para dar  una vuelta olímpica no basta con los buenos jugadores. Si el cuerpo  técnico, los dirigentes y la hinchada tiran para otro lado el proyecto  se cae a pedazos. "Nevermind" ganó el título porque los planetas se  alinearon a pedir de Kurt Cobain. Nirvana había firmado contrato con DGC  Records -en cuyas filas revistaba Sonic Youth- y la conducción recayó  en &lt;b&gt;Butch Vig&lt;/b&gt;, posiblemente el productor que mejor sintonizaba con  lo que estaba pasando en la calle en ese momento. Demasiadas buenas  noticias para un grupo en estado de gracia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;5&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los  90 se dispararon en varias direcciones. El grunge fue apenas una de  ellas. En Inglaterra la década resultó -en buena medida- una incesante  lucha de egos entre los hermanos Gallagher y &lt;b&gt;Damon Albarn&lt;/b&gt;, con el  britpop como campo de batalla. Mientras tanto, el mundo se convirtió en  una gigantesca y extática rave acompasada por las novedades que minuto a  minuto vomitaba la electrónica. Todo con Internet a la vuelta de la  esquina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;6&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No fue el primer "Nevermind" con ánimo  rupturista. Hace tiempo y a lo lejos, una bandita llamada Sex Pistols  bautizó su &lt;i&gt;ópera prima&lt;/i&gt; (y obra póstuma) "Never mind the  bollocks..." (algo así como "Sin importarnos los boludos..."). La  historia, se sabe, es plena y absolutamente circular.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;7&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Demasiado  se fantasea sobre el esfuerzo introspectivo que significaba para Kurt  Cobain el vómito de todas y cada una de sus letras. La realidad suele  ser mucho menos glamorosa y revela que Cobain terminó varios temas al  filo de la grabación y en el estudio, acomodando los versos a las bases  que armaban &lt;b&gt;Krist Novoselic&lt;/b&gt; y &lt;b&gt;Dave Grohl&lt;/b&gt; y a los acordes  que le salían de sus variadas Fender.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;8&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces  todo recaía en la licuadora de Butch Vig. Doce temas y un &lt;i&gt;hidden  track&lt;/i&gt; tan chistoso como repetido -recurso obvio- a lo largo y a lo  ancho del universo rockero de las últimas décadas. Vig subió y bajó  volúmenes, pegó pedacitos de canciones aquí y allá, corrigió y  distorsionó todo lo que había que distorsionar. Formó con Cobain una de  esas duplas que se entienden con la mirada, como Messi e Higuaín en el  Argentina-Chile del viernes pasado. Vig metió infinidad de pases-gol y  Cobain los mandó a la red con la brillantez de un &lt;i&gt;crack&lt;/i&gt; en su  mejor momento. Después Butch Vig armó su propia banda, le puso Garbage y  convocó a la más deliciosa y arrolladora vocalista de los 90. ¿Quién  puede pasar por esta vida sin caer rendido ante &lt;b&gt;Shirley Manson&lt;/b&gt;?  Pero esa es otra historia. Hablábamos de...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;9&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cómo  "Nevermind" se llevó puesta la década del 80 desde la irresistible  contundencia del rock puro, áspero, corrosivo, y al mismo tiempo  profundamente descorazonado que contagió desde la alfa a la omega de su  columna vertebral. Fue -es- un disco fundacional desde su honestidad  conceptual. Cobain y Vig encontraron el punto justo de cocción, esos  tensos paréntesis de calma que preceden a las descargas viscerales de la  Fender y de los aullidos de Kurt. Infinitamente copiado y jamas  igualado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;10&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La estética del grunge enterró los  excesos capilares y de guardarropa de los 80. Las camisas leñadoras de  Cobain, las remeras de Chris Cornell, las mechas desgreñadas de Eddie  Vedder, compusieron esa irresistible visión del descuido &lt;i&gt;cool&lt;/i&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;11&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La  MTV tuvo mucho que ver con la difusión y el exitazo de "Nevermind".  "Smells like teen spirit" se multiplicó hasta el infinito durante meses  en la pantalla caliente y desparramó la música de Nirvana bien lejos de  Seattle y de la costa oeste. El video dirigido por &lt;b&gt;Samuel Bayer&lt;/b&gt;  desacralizó el gimnasio del &lt;i&gt;college&lt;/i&gt; por culpa del más reventado y  anárquico grupo de porristas jamás reunido y de un pogo que culminó con  la real destrucción del set. Sin dejar de notar que la progresión  rítmica del negro del estropajo es de lo más copado que se filmó en  años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;12&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;i&gt;"Vení como sos (...) Te prometo que no  tengo una pistola"&lt;/i&gt;, ironizó Cobain en "Come as you are". Dijo muchas  cosas Cobain a lo largo de su "Nevermind". &lt;i&gt;"Estoy tan contento  porque hoy encontré a mis amigos... Están en mi cabeza"&lt;/i&gt; ("Lithium").  &lt;i&gt;"Necesito ayuda para ayudarme a mí mismo"&lt;/i&gt; ("Polly"). &lt;i&gt;"Que  seas paranoico no significa que no te persigan"&lt;/i&gt; ("Territorial  pissings"). &lt;i&gt;"La moda es una mierda"&lt;/i&gt; ("Stay away"). Y así.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;13&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero  hay una letra, de esas especiales y reveladoras, que desnudan a Cobain y  lo elevan sobre la media. La clase de legado que cambia determinados  destinos. El tema es "Lounge act" y dice &lt;i&gt;"me arrestaré a mí mismo,  usaré un escudo, saldré de mi camino hasta probar que todavía huelo a  ella en tí. No me digas lo que quiero escuchar. Temo no sentir nunca el  miedo, experimentar nada de lo que necesites. Seguiré luchando con  envidia hasta que se vaya".&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;b&gt;14&lt;/b&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hasta que  finalmente Cobain se voló la cabeza. Y todo fue oscuridad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-1162892422680571526?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/1162892422680571526/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=1162892422680571526' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/1162892422680571526'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/1162892422680571526'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2011/10/un-disco-fundacional-cumplio-20-anos.html' title='Un disco fundacional cumplió 20 años'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-7013361095305158634</id><published>2011-08-27T18:08:00.000-07:00</published><updated>2011-08-27T18:10:33.308-07:00</updated><title type='text'>Seis ladrillos en la pared</title><content type='html'>Todo el mundo habla de Roger Waters. Así que hablemos de Roger Waters. Y de "The Wall", claro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;Todo empezó con un legendario escupitajo. Se lo lanzó Roger Waters a un fan que lo había sacado de quicio durante un show en Canadá. Pink Floyd estaba en plena gira, presentando “Animals”, y Waters padecía evidentes problemas de sinapsis. Principios de brotes psicóticos, los que sumados a su personalidad -por aquellos tiempos en pleno ascenso a las cumbres de la soberbia y la autorreferencia- no podían derivar en otro final. Así que Roger le estampó un gargajo al insigne anónimo que no se concentraba en la música. Waters -cuentan él y la leyenda que lo rodea- necesitaba marcar un límite con el resto del mundo; aislarse para sacar lo mejor de sí. Algo como un muro. ¡Pum!, diría Tom Petty.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;Treintayvarios años después, muy lejos de todo, los alienados son decenas de miles de argentinos, capaces de colapsar la red de redes y los teléfonos. Porque al final del arco iris no esperan Hollywood ni una marmita colmada de oro, sino alguna bendita entrada para ver, sentir y llenarse de “The Wall”. Seis River seis, colmados hasta la bandera de nostalgia. Y eso que faltan más de seis meses.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;Como los peces y los panes, “The Wall” se multiplicó incesantemente y seguirá multiplicándose cuando se editen el CD en vivo, el DVD, el box set y todo lo que imaginen para sacar el dinero de nuestro bolsillo y meterlo en el de Roger. Está el clásico álbum doble editado en el antediluviano 1979; las grabaciones de los (pocos y complicados) shows psoteriores; la música de la película; el megaconcierto en Berlín; el CD remasterizado; y todas las copias piratas y tomas de estudio que pululan por la red y por las discotecas de los coleccionistas. Y ahora esta gira, que es igual, pero diferente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4&lt;br /&gt;Monumental, ¿o pomposo? Brillante, ¿o rimbombante? Profundo, ¿o denso? Valiente y descarnado viaje a la introspección, ¿o ejercicio de magalomanía? El camino de “The Wall” al Eden de los clásicos no estuvo tapizado de jazmines. Cosechó elogios encendidos -y desmedidos-, pero también garrotazos, sobre todo en Estados Unidos. Algunos críticos -en “Rolling Stone”, por ejemplo- se burlaron de varios textos (eso de “I have the obligatory Hendrix perm...”). Tal vez el sonido fuera de época, teniendo en cuenta que el postpunk era el libro sagrado y The Clash los iluminados profetas del momento, haya incomodado. Nada es fácil en la Viña del Señor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5&lt;br /&gt;Mi top five floydiano:&lt;br /&gt;1) “The piper at the gates of dawn”.&lt;br /&gt;2) “The dark side of the moon”.&lt;br /&gt;3) “Meddle”.&lt;br /&gt;4) “The Wall”.&lt;br /&gt;5) “Wish you were here”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6&lt;br /&gt;En varios sentidos “The Wall” fue un milagro. En especial por lo intrincado del proceso creativo en el seno de una banda en intenso proceso de descomposición. Los ejes de Pink Floyd (los tomadores Waters y Mason; los fumadores Gilmour y Wright) estaban quebrados. Roger había copado la parada con sus archiconocidos modos dictatoriales, suficientes para declarar que Nick Mason era el peor baterista de la historia y que Rick Wright era un parásito -y terminó despedido de Floyd poco después-. David Gilmour era -es- demasiado talentoso. Y valioso. Waters no estaba en condiciones de deshacerse de él, así que compartieron los créditos de la producción junto a Bob Ezrin y James Guthrie, mientras Michael Kamen se hacía cargo de las orquestaciones. Gilmour cumplió, más allá del opresivo clima: cantó, tocó la guitarra como los dioses y fue clave en la composición de tres de los mejores temas del disco:“Young lust”, “Comfortably numb” y “Run like hell”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7&lt;br /&gt;¿Por qué tanta devoción por “The Wall” en la Argentina? Tanto frenesí. Tanta pasión.&lt;br /&gt;a) El nuestro es un país irremediablemente floydiano. La cultura musical saludablemente impuesta en los brillantes 60 se tradujo en la edición de lo mejor del rock mundial. En Argentina estuvieron disponibles en las bateas de los 70 Floyd, Zeppelin, Yes, ELP, Genesis y todos los etcéteras. Hay suficientes padres (y abuelos) con oídos notablemente educados, y el arte -como la política- fluye con interés entre las generaciones.&lt;br /&gt;b) La oscuridad que cayó del 76 en adelante impidió que en la Argentina se replicaran fenómenos culturales como el punk. En Inglaterra o Los Ángeles los gritos de guerra se externalizaban desde el discurso y la estética. En nuestra sociedad, un Estado orwelliano en el que la disidencia se pagaba con la muerte, los gritos -necesariamente- debían internalizarse. Imposible no identificarse  entonces con “The Wall” -el disco, la película-. Por eso fue estandarte de una generación.&lt;br /&gt;c) Hay demasiada materia en la patria floydiana deseosa de encontrarse con todo eso. Y sus hijos. Y los hijos de sus hijos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8&lt;br /&gt;“The Wall” se estrenó en el cine 25 de Mayo (que era el hermano menor del Metro; estaban a la par, donde hoy se erige el hotel Tucumán Center). Pero la clave era ver la peli, una y otra y otra vez, en el inolvidable video bar de la calle Mendoza, que la daba todas las semanas. Una lágrima por aquellos tiempos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9&lt;br /&gt;El maestro interrumpe la clase de Geometría, le arrebata a Pink el cuaderno y lee: “New car, caviar, four star daydream; think I’ll buy me a football team”. Pink queda ridiculizado frente a la clase. Claro, es la letra de “Money”. Waters habla de Waters. Eso es “The Wall”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10&lt;br /&gt;Así que el 12 de marzo de 2012 será cuestión de acomodarse en el sector Vip Front Plus 4, asiento 130. No cómodamente adormecido, por supuesto. Y bien outside the wall.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-7013361095305158634?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/7013361095305158634/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=7013361095305158634' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/7013361095305158634'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/7013361095305158634'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2011/08/seis-ladrillos-en-la-pared.html' title='Seis ladrillos en la pared'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-1383294039625936226</id><published>2011-05-13T12:42:00.000-07:00</published><updated>2011-05-13T13:51:06.415-07:00</updated><title type='text'>Chau, Juan</title><content type='html'>Hay tipos con los que la vida se ensaña. Y ellos la perdonan una y otra  y otra vez. Tipos que predisponen la nuca para que el verdugo descargue  el hachazo y no le cobran ni el valor de una capucha. Tipos sufridos,  con la suficiente calle como para sentarse a tomar un vino esperando que  la Parca los haga subir al furgón de cola. Y ni así juran ni traicionan.&lt;br /&gt;Juan las pasó todas. Todas. Algunas las contó, de otras fuimos testigos,  a la mayoría se las llevó con él.&lt;br /&gt;Se le murió un nietito entre los brazos. Se llamaba Luciano. Al toque  despachó otros dos ataúdes. A su mujer la consumieron las penas. Su hija  tomó un atajo. Siempre firme, Juan. Sin caerse.&lt;br /&gt;A Juan nunca se le conoció un mal día. Guapeaba contra la adversidad  disfrutando placeres chiquitos y confesables.&lt;br /&gt;De Juan podía festejarse el particular y envidiable orgullo que le  provocaban un par de impecables zapatos blancos.&lt;br /&gt;De los tipos simples nadie escribe necrológicas.&lt;br /&gt;Juan ya no baila los merengues crueles en la pista del día a día; ahora  son dulces rocanrroles, de fuego, como los que cantaba su entrañable  ídolo. Deben andar de copas por ahí.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-1383294039625936226?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/1383294039625936226/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=1383294039625936226' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/1383294039625936226'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/1383294039625936226'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2011/05/chau-juan.html' title='Chau, Juan'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-4561557394575366352</id><published>2011-04-27T10:16:00.000-07:00</published><updated>2011-04-27T10:21:56.156-07:00</updated><title type='text'>Las recetas exactas de Philip K. Dick</title><content type='html'>Este texto está publicado en dixihedicho.com.ar, bitácora de gente talentosa en la que de vez en cuando me permiten meter la cuchara (o la pluma). Gesto que agradezco infinitamente teniendo en cuenta la gran cantidad de lectores -calificados- que navegan por esas aguas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;Los nazis ganaron la guerra y Estados Unidos es un país ocupado: la costa este para los alemanes, la oeste para los japoneses. En el medio, una gran franja yerma -la nada misma-, por la que deambula la masa de derrotados. Pero hay un libro, secreto, irresistible (qué maravilla cuando un libro, simplemente un libro, es capaz de provocar semejante conmoción, ¿no?; sólo por eso una novela vale la pena). Hay un libro, decía, que subvierte las conciencias. Un libro subversivo, entonces. Y todo por un planteo: ¿y si los aliados hubieran ganado la guerra....? Maravilloso: una ucronía dentro de otra ucronía. No en vano "El hombre en el castillo" es -posiblemente- la obra cumbre de Philip K. Dick. El cine debe la gran película de "El hombre en el castillo". Kubrick debió haberla filmado, pero a Kubrick le sentó mejor convertir en el más bello de los ballets espaciales a ese monstruoso test de Rorschach que es "2001".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;No obstante, justo es decir que hay un puñado de buenas películas basadas en la vastísima y genial obra de Dick. La última de ellas se llama "Agentes del destino" y está basada en "Adjustment Team", historia que Dick escribió en el lejano 1954. "Levemente basada...", observan las notas de producción, lo que no es ninguna novedad teniendo en cuenta que los tópicos que caracterizan cada obra de Dick son tentáculos de los que guionistas y directores intentan desembarazarse en pos de mantener la cordura. Adaptar a Dick es una misión tan imposible que hasta el propio Dick renunció a la empresa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;Porque Dick se empecinó en escribir el guión de "Ubik", otra de sus novelas fundacionales, hasta que cejó, agobiado por la desmesura de su propia imaginación. "Ubik" nos lleva a un futuro en el que los muertos no terminan de morirse: una técnica de preservación cerebral los mantiene en una especie de limbo, desde el que -de vez en cuando- pueden comunicarse con sus seres queridos. La de "Ubik" es una historia que destila ternura y melancolía entre infinitos planos de desolación. Así escribía Dick, cuya muerte en marzo de 1982 no significó un golpe para la ciencia ficción, sino para la historia de la literatura contemporánea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4&lt;br /&gt;"Agentes del destino" cuenta con Matt Damon en el rol protagónico, y si algo caracteriza a Damon es la inteligencia e intuición para elegir los proyectos adecuados. Es una suerte de Spencer Tracy moderno. Damon encarna a David Norris, un político en ascenso que se enamora de la mujer incorrecta en el lugar incorrecto. Y en el momento incorrecto. Dick, subrayemos, introdujo con fuerza el concepto de las realidades paralelas y de las paradojas temporales 50 años antes de que se instalara una película llamada "Matrix". Norris tendrá que lidiar con un poder superior -en este caso personificado por Terence Stamp (lo que potencia el crédito abierto a "Agentes del destino", flor de actor)- corriendo una carrera contra sí mismo. Más o menos lo que le pasaba a Tom Cruise en "Minority report" esa gran película de Steven Spielberg inspirada en... una historia de Philip K. Dick.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5&lt;br /&gt;Arnold Schwarzzenegger también buceó en el universo Dick. Fue gracias a "Total recall", que acá se llamó "El vengador del futuro" y a mí me gustó mucho (aunque confieso que la vi hace más de 20 años). Estaba Sharon Stone muy joven y deslumbrante, y Arnold se iba de vacaciones a Marte convertido en un agente secreto por obra y gracia de un implante cerebral. ¿Qué era verdad y qué fantasía? Esa era la pregunta de "El vengador del futuro", basada en un cuento de Dick llamado "Podemos recordarlo por usted al por mayor". La dirigió el holandés Paul Verhoeven, que en esa época estaba de moda gracias al taquillazo de "Robocop". También me acuerdo de que al malo lo jugaba Michael Ironside, y que detrás del proyecto estaban Ronald Shusett y Dan O'Bannon, la fuerza creativa que dio a luz "Alien". Qué curiosa es la vida y qué pequeño es el mundo del cine: "Alien" fue dirigida por Ridley Scott, el mismo de "Blade Runner".&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6&lt;br /&gt;Norris-Damon está prendado de su chica, que es Emily Blunt. El encuentro fue un error lamentable que Norris sólo podrá arreglar olvidándose por completo de ella. De lo contrario se producirá un desbarajuste espacio-temporal de proporciones y Norris lo pagará con su vida. Como Rick Deckard, la más transitada de las creaturas de Dick (la del cine, no la de la novela), a Norris el amor lo redime y le regala un sentido. Como a Anderton-Cruise, consumido por la empatía que le produce la fragilidad de Agatha, la "precog" que guarda la llave de todos los misterios en "Minority report". La vunerabilidad -humanidad, a fin de cuentas- de los personajes de Dick, insertos en universos complejos y cambiantes, los torna queribles. Y las mejores películas que orbitan sobre la obra del maestro son las que decodificaron ese legado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7&lt;br /&gt;"¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?", se titula la novela corta que inspiró "Blade runner". Otra vez el concepto de inspiración. El de ideas madre a las que Dick regala alas para que guionistas y escritores infinitamente menos profundos -pero honestos- moldeen con forma de celuloide. "Blade runner" ya resbaló por la cuesta del culto, surfeó entre los clásicos y trepó a la ola de las mejores películas de la historia del cine. Ni Scott ni Harrison Ford se dieron cuenta durante el rodaje ni al cabo del estreno. Suele ocurrir. La prodigiosa imaginería visual y la hondura de los seres que se arrastran por "Blade runner" conforman un cóctel absolutamente irrepetible. Por eso, independientemente de las marcadísimas diferencias entre los hechos de la novela y la trama de la película, es Dick en su máxima expresión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8&lt;br /&gt;¿Y qué hacemos con "A scanner darkly", ese experimento de Richard Linklater llamado "rotoscoping"? ¿Y con "Paycheck"? ¿Y con "Next"? Ni John Woo ni Lee Tamahori estuvieron a la altura de Dick. Linklater tampoco. Y ni qué decir de "Screamers" (también con guión del incansable Dan O'Bannon).&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9&lt;br /&gt;Corrección: circula desde hace tiempo -o circuló, hasta que Wikipedia puso las cosas en su lugar (!)- que "The Truman Show", gran película de Peter Weir, también provenía de las entrañas de Dick. Destaquemos que "The Truman Show" es un genuino producto de la pluma de Andrew Niccol, que escribe mucho mejor de lo que dirige. La confusión no es caprichosa: ¿quién sino Dick podía proyectarse a esa otra realidad paralela -la que manipulan los medios-? Si nos levantamos cada día y enfrentamos al espejo con el escozor de que una cámara nos vigila desde atrás del botiquín es porque George Orwell nos alertó con tiempo suficiente. Pero fue Dick el que escribió una y otra vez -obsesivamente-sobre eso. Borges también lo hizo, claro: imaginó internet y le puso por título "El Aleph". Pero como era Borges, prefirió esconderlo debajo de una escalera, en el sótano de una casa de la calle Garay.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10&lt;br /&gt;"Agentes del destino" no será, con seguridad, la última película inspirada en el mundo Dick. Habrá más. Y tal vez "El hombre del castillo". O "Ubik". Las historias están ahí, vivas, ansiosas por salir del corset del papel para saltar a la pantalla. Lo realmente complicado es encontrar el punto justo de cocción, porque todas y cada una de las novelas y cuentos de Dick obedecen a una receta exacta. Como la licuefacción de la sangre de San Gennaro, son un milagro infalible y puntual. Dick, invariablemente, obliga al lector a pensar (mucho) y a emocionarse (todavía más). La vara siempre estará demasiado alta.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-4561557394575366352?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/4561557394575366352/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=4561557394575366352' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/4561557394575366352'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/4561557394575366352'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2011/04/las-recetas-exactas-de-philip-k-dick.html' title='Las recetas exactas de Philip K. Dick'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-2523297581395741365</id><published>2011-04-07T17:47:00.000-07:00</published><updated>2011-04-07T17:51:08.212-07:00</updated><title type='text'>La vuelta al día en 80 mundos</title><content type='html'>Una crónica sobre el show de U2 en La Plata&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;El "360° Tour" es la vuelta al día en 80 mundos, con la salvedad de que  esta banda no vomita conejitos, sino hits. Uno detrás de otro. Y así, en  dos horas y monedas, queda tomada la casa del corazón. Bienvenidos al  universo U2.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;Si Bono ordena que levantemos las manos, levantamos las manos. Si hay  que cantar, cantamos. Si hay que saltar, saltamos. Bono no propone, está  acostumbrado a disponer de las voluntades ajenas. Y eso, estimados  lectores, se debe a que Bono es la primera megaestrella de rock  auténticamente peronista. Por eso, si Bono saliera mañana al balcón de  la Rosada y proclamara ¡compañeros...!, la historia de este país  cambiaría para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;Es difícil precisar quién inventó el concepto de puesta en escena en un  show de rock and roll. Lo indudable es que fue Pink Floyd la banda que  perfeccionó la apuesta, al punto de convertir cada concierto en un  mecanismo de relojería. "A veces se ponía pesado eso de sincronizar cada  nota con las luces, los videos, el humo...", solía quejarse David  Gilmour. El "360° Tour" obedece a una rigurosa coreografía visual: la  misma que cualquier fan puede disfrutar en el DVD oficial fue la  desplegada en el deslumbrante estadio de La Plata. A cada tema le  corresponde una ambientación, un light-show, un tratamiento de las  imágenes en la megapantalla que cubre el escenario. Pero que se repita  no implica que deje de sorprender o de emocionar. Una cosa es U2 desde  el home theatre y otra muy distinta a un puñado de metros. El sonido,  claro y potente como un CD, pega en el pecho. Las luces invitan a un  viaje cósmico sin mescalina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4&lt;br /&gt;Confieso que la corrección política de Bono me empalaga. Es como la  ambrosía: un manjar que a la tercera cucharada empieza a ponerse  relajante. Siempre habrá una causa admirable en la que Bono esté  embarcado. El sábado se puso al servicio de Amnesty International para  reclamar por el bienestar de Aung San Suu Kyi, la férrea luchadora por  los derechos civiles en Birmania que pasó encarcelada buena parte de su  vida. Por supuesto, fue a caballo de "Walk on", tema dedicado a Suu Kyi.  Alguna vez estaría bueno que a Bono se le salga la cadena. En fin, no se  va anarquizar -ni a anarcotizar- a esta altura de la soiree.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5&lt;br /&gt;Salvo que se produzca un milagro, U2 ya entregó lo mejor de su música.  Ya editó los discos fundacionales. Ya grabó los clásicos. Hoy U2 es el  show, es un plató con forma de garra propio de la mejor sci-fi, es un  mensaje desde la Estación Espacial en pleno concierto. Es Desmond Tutu  (¿no será Bill Cosby?) advirtiéndonos que todos somos "One". Ver a este  U2, en su tercera visita a la Argentina, es como tomarse un buen vino,  de esos sabiamente atesorados en barricas de roble antes de caer  delicadamente en una copa parida en Murano. Fue vodka con Speed a  mediados de los 90. Como dice el sabio Dylan, siempre, aquí y allá, the  times they are a-changin'.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6&lt;br /&gt;Es increíble cómo está cantando Bono. Mejor que nunca, y eso es mucho  decir. Cuando atacó "Miss Sarajevo" se nos erizó hasta el caracú. ¡Animal!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7&lt;br /&gt;Así que marchando hacia el estadio, en plena avenida 32, nos damos con  que están prohibidos los choripanes y los "trapitos". Y no es joda. Una  dama entrada en carnes reparte gritos hasta que aparecen tres simpáticos  mastodontes de la Bonaerense y la invitan a calmarse. Parece que la  ciudadana se clavó con incontables kilos de embutidos. No hay caso, las  parrillas -como las urnas en el Proceso- quedarán escondidas. La  cantidad de servidores de la ley es infinita: en patrulleros, en moto, a  caballo, a pie, de civil (¿en serio pensarán que pasan inadvertidos?).  Nada puede salir mal con U2 en La Plata. Claro, analizando el target de  los fans, está claro que los peligros acechan desde afuera. Otra sería  la historia si tocara, por caso, Iron Maiden. O Motorhead. En la  platabanda de la 32 una rubia infernal se desparrama en el césped, toda  animal print y botas que reíte de Prüne. Y más allá, un par de  cristianos brindan con scotch. Al pie cuidan una conservadora top. Hasta  el hielo parece caro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8&lt;br /&gt;Cada noche Bono suele ensayar algún cover. A nosotros nos tocó "Stand by  me", ese standard que compusieron Ben E. King y los incombustibles  Leiber y Stoller en los felices 50. Lennon grabó "Stand by me" durante  los años delirantes en los que escapó de Yoko y se la pasó borracho en  Los Angeles. Lógico: esa es la versión que repiquetea en la mayoría de  los oídos. Pero créanme: cuando Bono canta "Stand by me" es un regalo de  esos que se guardan en un lugarcito especial. ¿Ya dije que Bono está  cantando extraordinariamente bien?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9&lt;br /&gt;Es curioso lo que (nos) pasa con los discos. Pongamos el caso de U2.  "The Joshua tree" es sencillamente perfecto; "Achtung baby" es un gancho  al hígado; "The unforgettable fire" está compuesto, tocado y cantado con  las tripas; "Zooropa" es una colección de gemas; y qué decir de "Pop". Y  bien, mi favorito es "October", ese álbum tan vital, intenso y  ¡cristiano! Será porque la primera vez que escuché a The Edge  acariciando el piano y a Bono relatando eso de "and kingdoms rise/and  kingdoms fall/but you go on" me convencí de que el rock and roll sería  la banda de sonido de mi vida. U2 no se dignó a tocar ningún tema de  "October". Maldición.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10&lt;br /&gt;Pero "New year's day", que ya está viejita, sonó bárbaro. "Sunday  bloody sunday" también. Ambas figuran en "Under a red blood sky",  icónico álbum en vivo, referente de la época en la que no existía el DVD  y esos discos se disfrutaban muy especialmente porque eran la manera de  meterse en la cocina de una banda transpirando la camiseta. El domingo,  después de la aparición de León Gieco sobre la garra, Bono le puso la  garganta a "Pride", pero quien esto escribe ya estaba a 50 kilómetros de  La Plata y se perdió la oportunidad de derramar una lágrima por momentos  que ya no volverán.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11&lt;br /&gt;Déjenme hablarles del Gordo. El sujeto, instalado un par de filas por  encima de nuestras cabezas en la Platea Sur, mantuvo a la multitud en  acción durante todo el show. Vociferó cada vez que alguien aflojaba.  "¡Aguante U2, acá nadie se sienta", arengaba-ordenaba el Gordo,  secundado por una interminable pléyade de hijos y sobrinos, todos  integrantes de una barrabrava que de imaginaria no tenía nada. Así que  mientras Bono y The Edge se unían para hilvanar una bellísima versión de  "Stuck in a moment...", el Gordo agitaba como si fuera un pogo de los  Dead Kennedys. Pero al Gordo se le aflojaron las rodillas, seducido por  tamaño temazo. Belleza, diría el Bambino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;12&lt;br /&gt;Adam Clayton y Larry Mullen ya están en los libros de rock, así que  resulta ocioso hablar de la solidez de la base de U2. Adam, todo de  blanco, se la pasó fichando a las nenas que acechaban la garra. Adam  tiene tantas arrugas como mañas. Larry, sex-symbol desde la década del  70, sigue siendo Larry. Cuando Clayton y Mullen animan la fiestita  tiemblan las arañas. Será por eso que sentimos tan nuestro a The Edge.  Los otros no parecen necesitar tanto cariño como el prodigioso y más  querible de los guitarristas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;13&lt;br /&gt;No se puede tocar "Get on your boots", "Misterious ways", "Elevation",  "I still haven't found what I'm looking for", "Beautiful day", "City of  blinding lights", "Vertigo", "Scarlet", y marcharse impunemente por la  vida mientras decenas de miles de tipos quedan agotados. No hay derecho.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;14&lt;br /&gt;Había jurado no emocionarme ni moquear cuando sonara el primer acorde de  "Where the streets have no name". Pero ocurre que los clásicos modernos  tienen la endiablada capacidad de hacer tabla rasa con nuestro espíritu  y lo dejan convertido en un trapito, bien estrujado. Pero feliz. Esa es,  básicamente, la parte de la religión que justifica cualquier clase de  expiación. En el confesionario del "360° Tour" los pecados se van  licuando a fuerza de indulgencias con forma de canciones. Bendito sea  entonces U2 por limpiar de impurezas eso que algunos llaman alma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Publicado en www.dixihedicho.com.ar&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-2523297581395741365?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/2523297581395741365/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=2523297581395741365' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/2523297581395741365'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/2523297581395741365'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2011/04/la-vuelta-al-dia-en-80-mundos-una.html' title='La vuelta al día en 80 mundos'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-2119298904089626499</id><published>2010-11-22T18:41:00.000-08:00</published><updated>2010-11-22T19:31:34.506-08:00</updated><title type='text'>Una noche con Paul McCartney</title><content type='html'>En esta bitácora la ficción es norma, pero como las reglas están hechas para romperse vale una disgresión en forma de artículo periodístico. Lo escribí para -y se publicó en- la excelente www.dixihedicho.com.ar, antes de saltar a la contratapa de cierto suplemento literario. Es apenas una colección de aguafuertes, vomitadas al cabo de un show de rock and roll. Holden Caulfield espera seguir escribiendo cuentos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;PD: los comentarios están habilitados nuevamente, después de un largo tiempo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1&lt;br /&gt;A un puñado de metros, no tan cerca como para tocarlo, pero sí para  distinguir cada uno de sus gestos, Paul McCartney ataca una furiosa  versión de Helter skelter (¿puede no ser furioso un protopunk?). Ya van  casi tres horas de show y la banda ha recorrido 34 temas. ¿Dónde están  los 68 años de Paul? ¿Cómo puede vomitar tanto rock and roll y cantar  como al principio? La respuesta sopla en el viento de River, porque hay  magia en el aire. Una epifanía colectiva. McCartney arranca a toda  velocidad, frena con una balada, reinicia la marcha al piano y escupe  más rock. Una y otra vez. A sus pies queda un tendal de agotamiento  emocional, porque no es cualquier show el que acaba de aplanar River.  Consumado encantador de serpientes, McCartney hipnotizó a todos y se  marchó sin reparar en la deferencia de contar hasta tres y chasquear los  dedos para sacarnos del trance. Así que esas tres horas repiquetean en  la cabeza y en las tripas interminablemente. Allá vamos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;A  Paul nunca le gustó cómo suena The long and winding road en Let it be.  Phil Spector traveseó la canción hasta transformarla en una pieza tan  bella como barroca. Pero Paul quería un sonido más limpio y ese es el  arreglo que viene tocando desde hace 40 años. The long and winding road  es su primer regalo al piano, al fondo del escenario y de frente a la  cámara que lo multiplica y proyecta en las megapantallas. Paul canta con  ternura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;Back in the USSR es un desafío para cualquier  vocalista y Paul da una lección (sobre todo cuando aúlla Georgia's  always on my my my my my my my my my mind...). Porque Paul alcanza todas  las notas que tiene que alcanzar. Esta noche y todas las noches. Y  cuando son demasiado altas le da una mano Abe Laboriel Jr., que además  de ser muy simpático y de tocar la batería con un sentimiento  envidiable, canta como los dioses. En la Plaza Roja de Moscú, Abe  Laboriel Jr. se lució gracias a She's leaving, pero hoy no figura en el  set list. Lástima.&lt;br /&gt;Sólo Mick Jagger está a la altura de Paul en este  juego de Dorian Gray. Exceptuemos de la lista a Keith Richards porque,  se sabe -está científicamente comprobado-, que Keith Richards no es un  ser humano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4&lt;br /&gt;Por ahí anda Hugo Solarz. Nos saludamos,  felices. Hugo fue el primer periodista que pasó un disco de los Beatles  en una radio tucumana. Por supuesto, fue Please, please me. Cuenta que  ha donado su colección de 5.000 vinilos a Radio Universidad, decisión de  la que no se arrepiente pero que le cuesta uno que otro lagrimón. Pocos  fans saben tanto sobre los Beatles y sobre Paul McCartney en Tucumán  como él. Para Hugo, como para miles de congregados en Núñez, la noche  huele a despedida...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5&lt;br /&gt;Pero cuidado. Paul no dice "adiós". Ni  "hasta siempre". Paul dice "hasta la próxima" y es (más) música para  los oídos. Se dice que habrá una gira monstruo, con Paul, Ringo, Dhani  Harrison y -tal vez- Julian Lennon, durante la que tocarán, una vez más,  todos los clásicos. Se dicen tantas cosas...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6&lt;br /&gt;¿A qué viene  eso del agotamiento emocional? A que no es sencillo procesar lo que  viene desde el escenario. En otro concierto uno cierra los ojos y se  deja llevar. O canta. O baila. O, simplemente, se queda quietito  mientras la banda hace lo suyo. Esta noche no, amigo lector. No es  posible, porque Paul está tocando -digamos- Eleanor Rigby. Los ingleses  tienen una palabra para definir esta clase de situaciones: handle. Algo  así como decodificar y manejar lo que está pasando al mismo tiempo. ¿Y  qué pasa con Eleanor Rigby? Simultáneamente nos damos con:&lt;br /&gt;a) Lo que  el tema representa en la historia de la música.&lt;br /&gt;b) Lo que el tema  representa en nuestra historia.&lt;br /&gt;c) Paul McCartney lo está cantando.  En tiempo real.&lt;br /&gt;d) Decenas de miles de personas están sintiendo lo  mismo. O algo similar. Nadie quiere que se termine porque los recuerdos  fluyen, incontrolables.&lt;br /&gt;Así que cuando suena Eleanor Rigby volvemos a  esa tumba en el cementerio St. Peter y a preguntarnos cómo sería Father  McKenzie, así como Rodrigo Fresán se preguntaba quién habrá robado las  puertas de Strawberry Fields. Y a una tarde de febrero, frente al mar.  Multiplique esta experiencia por todas y cada una de las canciones que  Paul está tocando. Exhaustos. Así salimos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7&lt;br /&gt;Paul ha  preparado un inteligente balance entre la etapa Beatle y la etapa  solista para armar este concierto. Suenan varios de los incombustibles  hits de Wings y la extraordinaria y acostumbrada versión de Foxy Lady,  de Jimi Hendrix.&lt;br /&gt;Hay un lindo homenaje a la época de Band on the  run, centrada en aquella foto con Linda McCartney al centro. Para Linda  -instalada en el imaginario colectivo como una especie de Yoko Ono  buena- habrá más de un homenaje. Para Heather Mills nada, esa bruja.&lt;br /&gt;La  fenomenal carrera solista de Paul está regada de grandes discos. Y como  esto del arte es el reino de la subjetividad me permito subrayar que mi  favorito es Chaos and creation in the backyard. Y que si Paul tocara,  por ejemplo, Riding to Vanity Fair, moriría fulminado en un éxtasis  beatífico en la butaca 63, sector B. Pero Paul no tocó ningún tema de  Chaos and creation in the backyard. Ni siquiera Jenny Wren. Ya lo dice  la canción, estimados: happiness is a warm gun...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8&lt;br /&gt;Conocemos  el truco de Paul en Live and let die. Paul la escribió para la primera  película de 007 protagonizada por Roger Moore, el peor 007 del que se  tenga memoria. Pero esa es otra historia. Decía que el truco del fuego  en el escenario y la pirotecnia viene de la mano de Live and let die, y  por eso todos preparan sus celulares y sus camaritas cuando suenan los  primeros acordes. Y quedamos en medio del humo. Fantástico, claro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9&lt;br /&gt;¿Quién  dice que Paul no canta temas de John Lennon? Y vaya si eligió bien.  Cuenta la leyenda que Lennon estaba preocupado porque sentía que su  contribución a Sgt. Pepper era demasiado floja. "No seas tonto -lo  reprendió George Martin-. Lo tuyo está bárbaro, y además hiciste el  mejor tema del disco". Hablaba de A day in the life, por supuesto.&lt;br /&gt;Paul  ayudó a John a terminar su obra maestra porque compuso el puente (woke  up, fell out of bed...). Paul no sólo cantó A day in the life: la remató  con Give peace a chance.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10&lt;br /&gt;La mano estuvo pesada fuera del  Monumental. Un pibe esposado, llorando a los gritos, y con un puñado de  pósters por el suelo, lo demuestra. El merchandising no sale del  estadio. El problema es que la remera oficial del Up and coming tour  cuesta 100 mangos en las entrañas de River y 40 afuera. Un baguetín con  una gaseosa (eufemismo por sánguche y Coca) se vende a módicos $ 35. Un  vecino saluda efusivamente a dos amigos y después nos chimenta que ellos  compraron las entradas vip para los dos shows. Son localidades de  primera fila y también valen para la prueba de sonido. Cuestan 6.500  pesos, por lo que si las cuentas no fallan, cada uno se gastó 13.000  pesos para ver a Paul McCartney. Glup. Otra vecina, que llegó de  Comodoro Rivadavia juntando las monedas, abre los ojos como platos.&lt;br /&gt;Al  final, caminando rumbo a Libertador, es más fácil conseguir sustancias  ilegales que una remera del Up and coming tour. Hasta que alguien chista  desde atrás de un arbolito y la transacción, lejos de ojos acusadores,  se concreta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11&lt;br /&gt;Para homenajear a George Harrison, Paul toca  esa versión tan bonita de Something con el ukelele que venimos  escuchando desde el Concert for George del Royal Albert Hall. Aquella  vez estaban Eric Clapton, y Jeff Lynne, y Gary Brooker, y Ringo, claro.  Bien, Rusty Anderson (guitarra), Brian Ray (guitarra, bajo), Paul  Wickens (teclados) y nuestro amigo Abe Laboriel Jr. no tienen nada que  envidiarles. En las pantallas se suceden las fotos de George, tan joven,  fresco y talentoso... Hay mucha gente llorando a la vuelta. Si usted no  se conmueve en un momento como este, déjeme decirle que tiene un pedazo  de caucho en lugar de corazón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;12&lt;br /&gt;Conversación escuchada en  la fila de atrás. Hablan tres rubias.&lt;br /&gt;- ¿Y esto cuándo se termina?&lt;br /&gt;-  No sé, qué laaargo.&lt;br /&gt;Lo juro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;13&lt;br /&gt;El desenlace del show es  trepidante. Un rato antes habían tocado Paperback writer, y de sopetón,  después del imprescindible Hey Jude y en dos tandas de bises, Paul  trepana los cerebros. Anoten: Day tripper, Lady Madonna, Get back,  Yesterday, Helter skelter, Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band y  -lógico- The End. Y se va tan campante.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;14&lt;br /&gt;Paul se ha quedado  solo en el escenario. Acaricia su guitarra y canta Blackbird: you were  only waiting for this moment to be free...&lt;br /&gt;La luna se balancea y  corre una brisa bien fresca.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-2119298904089626499?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/2119298904089626499/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=2119298904089626499' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/2119298904089626499'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/2119298904089626499'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2010/11/una-noche-con-paul-mccartney.html' title='Una noche con Paul McCartney'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-7750802196768734332</id><published>2010-10-20T19:03:00.000-07:00</published><updated>2010-10-20T20:35:07.263-07:00</updated><title type='text'>La voz de Delicia</title><content type='html'>1&lt;br /&gt;Delicia se cansó un 22 de marzo a las 10 de la mañana. Así que abrió el cajón de la cocina -el primero, el de los cubiertos-, sacó un cuchillo refulgente, lo miró un rato y en un ramalazo fenomenal se lo hundió en el cuello. El filo rasgó la carne con sorprendente facilidad ("¿esto es?", pensó Delicia) y le cercenó la yugular con limpieza digna de un artesano. En el camino al piso de baldosas celestes ("anoche no barrí", se le ocurrió a Delicia mientras se desplomaba), el cuerpo se enredó con el cajón abierto y terminó cómicamente desparramado. Como una cortonsionista de vaqueros y musculosa, toda cruzada y con el cuchillo fundido entre los nudillos. La gata olió el cadáver y siguió caminando, aburrida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;Sería difícil precisar cuándo vieron al fantasma de Delicia por primera vez. Los chicos de la cuadra solían trepar la verja y descolgarse entre los matorrales mientras la casa permaneció cerrada. Los rumores corrieron tan rápido como puede correr un rumor en un barrio cansado. Pronto muchos habían jurado que una silueta se adivinaba tras los vidrios apestosos de la cocina. Que la estampa de una mano ensangrentada dejaba huellas. Que Delicia miraba y vigilaba. Esperando.&lt;br /&gt;Pero el primero que se encontró cara a cara con Delicia fue Luis Centeno, vendedor de propiedades de profesión, futbolista frustrado de alma. Lo que antes era una leyenda urbana mutó en cuento de aparecidos por obra y gracia de las prodigiosas piernas de Luis Centeno, una saeta capaz de desandar los 100 metros que separan la casa de Delicia del almacén del Gallego en un parpadeo.&lt;br /&gt;Luis Centeno entró al almacén enloquecido, las mejillas incendiadas. Había perdido un zapato y la valentía por culpa del espectro de una chica de 17 años que acariciaba una gata en el rincón del living. Centeno tuvo tiempo de ver tres cosas: la putrefacción corroyendo a Delicia, las caricias que esa masa informe que alguna vez había sido la chica más linda de la cuadra le dedicaba a la gata con el filo del cuchillo, y los ojos de la gata. Luis Centeno jura que nada lo asustó tanto como esa mirada. Más que cualquier fantasma.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;La historia de Centeno se multiplicó y creció desmesuradamente. Cada vecino la condimentó con algún ingrediente truculento. Delicia había hablado con el vendedor. Lo había amenazado. Intentó estrangularlo. En fin, se contaron tantas cosas que a los pocos días Delicia era un monstruo con todas las letras. ¡Alguien había agregado cadenas y grilletes! Y no faltó el lector de Lovecraft que pobló la casa de criaturas del Necronomicón. Delicia, que a fin de cuentas se había limitado a arrullar a su gatita -un tanto desmejorada, es cierto, pero entendible si se considera el tiempo que llevaba muerta- estaba a la semana de la visita de Luis Centeno en condiciones de aplastar a un ejército de Van Helsings.&lt;br /&gt;De eso se hablaba todo el tiempo en el almacén del Gallego (almacén, verdulería y salón de truco), en aquellas siestas tórridas de enero. Los chicos ya no cruzaban la verja, preferían pasarse el tiempo escudriñando el interior de la casa desde una distancia prudente. Juraban escuchar ruidos, algún grito, pero eran experiencia de imposible comprobación. Las señoras cruzaban la vereda cuando iban a hacer las compras, y los varones -obligados a adoptar una postura más desafiante- no se animaban a bajar a la calle, pero es cierto que apuraban el paso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4&lt;br /&gt;De Luis Centeno nunca más supimos. Por las dudas, la inmobiliaria mandó a la semana una task force, capaz de hacerle frente a Delicia si se le ocurría entorpecer el trabajo de adecentar la casa. Porque no mencioné que Luis Centeno había alcanzando a colocar el cartel de SE VENDE antes de su tete a tete con ella. Ahí había quedado el anuncio de latón, empotrado cerca de la entrada.&lt;br /&gt;El Flaco sostenía en una de aquellas tenidas en lo del Gallego que la casa era de un tío de Delicia. Muy ocupado, este tío que vivía en Córdoba había firmado un poder para que la inmobiliaria cerrara cuanto antes la operación.&lt;br /&gt;La task force entró a la casa con más obligación que convicción, pero no sufrieron tropiezos. Al menos no de los sobrenaturales, que se sepa. Delicia brilló por su ausencia, durante esa y otras visitas de los empleados. Evidentemente, aguardaba la oportunidad de entrar en acción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5&lt;br /&gt;La empleada de la inmobiliaria condujo una tarde a una parejita a la casa. Desaparecieron los tres. Para siempre. Fue imposible encontrar rastros, un mínimo indicio de lo que pudo haberles pasado. La Policía rastrilló la casa una y mil veces. La dieron vuelta. Nada. No había salidas secretas, ni pasadizos, ni siquiera un sótano. Se esfumaron, como si un agujero negro se hubiera constituido para arrastrarlos. De allí nació la teoría de que la casa era, en realidad, el portal hacia otra dimensión, y que con su sangre Delicia había pagado el precio de vigilarla. Estaba claro que los contertulios del Gallego veían muchas películas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6&lt;br /&gt;El asesinato de Sara Gretchen fue otra cosa, porque el ensañamiento con el que un cuchillo (¿ese cuchillo?) la horadó de la cabeza a los pies demostraba -sin dudas- que sólo podía ser cosa de un ser horrible. De alguna materialización diabólica, de un engendro de otro mundo ávido de muerte. Sara Gretchen tocó el timbre por error. Buscaba el 857 de la calle y, seguramente por culpa de una distracción, pulsó en el 875.&lt;br /&gt;La puerta cedió con facilidad apenas aproximó su mano. ¿Por qué entró Sara Gretchen? ¿Será que el aroma a pastel de manzanas le despertó vivencias dormidas? ¿Que por un instante se sintió en casa? El problema es que no había pastel de manzanas ni estaba en casa, y que apenas entró en la cocina Delicia la agarró del pelo y le estrelló la cara contra la pared. Las cosas que hizo Delicia con Sara Gretchen en el piso de la cocina fueron tan espantosas que ni siquiera en el almacén del Gallego fue tema de conversación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7&lt;br /&gt;Los móviles de TV husmearon por el barrio durante una semana. Había que verlo al Gallego, que apenas cruzaba palabras con Delicia, porque la rubia lo desarmaba con sus sonrisas y sus escotes, hablando de ella frente a los micrófonos como si la conociera de toda la vida.&lt;br /&gt;El dueño de la inmobiliaria disfrutó sus 15 minutos de fama cuando le abrió la puerta de la casa al equipo de un canal. Filmaron cada centímetro -y el piso de la cocina, claro, inundado por manchas rojizas rebeldes a los cepillos-. Una noche fueron con cámaras, los más sofisticados sensores y hasta una médium, resueltos a hacer contacto con Delicia. Se pasaron horas y horas, pero de Delicia no hubo ni noticia. Así que pronto perdieron el interés.&lt;br /&gt;Es que Delicia era así: gozaba con esas apariciones rutilantes y después se la tragaba la normalidad. La banda de rock del barrio compuso un tema: "La dama del cuchillo". Todavía lo pasan en la radio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8&lt;br /&gt;Delicia mató otras dos veces. Primero a un gasista despistado que recorría la cuadra chequeando conexiones. Era petiso y pelado, y cuando escuchó el tango no resistió la tentación de asomar la cabeza por la puerta entreabierta. Porque aadoraba el tango. Suficiente para que Delicia le hundiera la hoja en un ojo, tan profundo hasta que el cerebro quedó partido al medio.&lt;br /&gt;A su última víctima, el empleado que mandó la inmobiliaria para que retirara el cartel de SE VENDE lo enloqueció con su cuerpo increíble. Fontana -así se llamaba, y tenía apenas 19 años- vio a Delicia desnuda, bailando con los ojos cerrados. Delicia tenía un pelo de oro, lacio, hasta la cintura, el iris de miel y la boca más increíble que se pueda desear. Piernas larguísimas.&lt;br /&gt;Cuando Fontana vio esa diosa por el ventanal del living entró a la casa hipnotizado, como los roedores que terminaron ahogados en el río de Hammelin. Fontana agarró la mano que Delicia le había tendido, y cuando la abrazó ya era una masa putrefacta con un brazo de hierro. A Fontana Delicia lo destripó. Literalmente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9&lt;br /&gt;Solía encontrarme con Delicia en sueños. Una mañana escuché su voz, nítida, bella, penetrante, mientras preparaba el desayuno. Y así comenzó a acompañarme.&lt;br /&gt;¿Por qué a mí? ¿Será porque una vez nos sonreimos a la distancia? ¿O porque le enjugué una lágrima la noche en que murió su madre? ¿Será porque le saqué esa foto en el parque? ¿Porque adopté a su gata? ¿O porque reconstruí su vida como un rompecabezas?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10&lt;br /&gt;Delicia es inabarcable.&lt;br /&gt;Delicia canta.&lt;br /&gt;Delicia susurra.&lt;br /&gt;Delicia narra.&lt;br /&gt;Delicia está dentro de mí.&lt;br /&gt;Delicia me habla de sus despertares y de sus crepúsculos.&lt;br /&gt;Delicia me eligió.&lt;br /&gt;La gata se enreda entre mis piernas mientras camino hacia la cocina.&lt;br /&gt;Delicia me sonríe.&lt;br /&gt;Delicia me espera.&lt;br /&gt;Delicia me atormenta.&lt;br /&gt;Delicia insiste. Nadie es tan insistente como ella.&lt;br /&gt;Delicia amenaza.&lt;br /&gt;Delicia es de fuego.&lt;br /&gt;Delicia empieza y jamás termina.&lt;br /&gt;Delicia es la ira.&lt;br /&gt;Delicia se adueño de mis silencios.&lt;br /&gt;Delicia no está sola. Lo sé, pero ya es demasiado tarde.&lt;br /&gt;Busco el cuchillo.&lt;br /&gt;Es 20 de octubre y son las 10 de la mañana.&lt;br /&gt;Me cansé.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-7750802196768734332?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/7750802196768734332/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=7750802196768734332' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/7750802196768734332'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/7750802196768734332'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2010/10/la-voz-de-delicia.html' title='La voz de Delicia'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-8369898565183704659</id><published>2010-10-05T11:05:00.000-07:00</published><updated>2010-10-05T12:12:16.295-07:00</updated><title type='text'>Memorias de Artaza</title><content type='html'>1&lt;br /&gt;El tiempo se había enseñado con Artaza. Con su piel, con sus huesos, con su mirada. Artaza ni siquiera extrañaba la agilidad de una caminata, se contentaba con una docena de pasos hasta el ventanal para recibir la mezquina caricia de una tarde de sol. Justo él, el más deseado, el más besado, el más adulado. Artaza había reinado cuando la noche era una celebración. Con sus trajes de corte europeo, las corbatas de seda y los zapatos a medida. Sólo se permitía el escocés con dos cubitos de inalterable simetría o el gozo de un espumante de Burdeos. Elixires chispeantes e impolutos, como los cuellos de sus camisas y el brillo de los gemelos.&lt;br /&gt;Artaza apoya la cabeza contra el vidrio tibio y cierra los ojos. Sube por escaleras de mármol, el pasamanos frío, la araña resplandeciente. Se siente Bogart en Casablanca con aquel saco níveo y el moñito exquisitamente resuelto. No salta los escalones, los deja atrás con insultante presteza. Los cuellos giran y mirarlo es un deleite. Lo sabe y lo disfruta. Artaza se desliza por alfombras y mosaicos con la ligereza de Gene Kelly. Mejor, como Fred Astaire. Baila con una pelirroja, le ciñe la cintura, la deja. Se aleja, prende un cigarrillo, juguetea con el encendedor.&lt;br /&gt;Las nubes corren a toda velocidad mientras la tarde languidece. Tiene frío Artaza, esa sensación que antes le calaba el corazón y ahora le castiga el cuerpo. Se desploma en la mecedora, manotea una colcha, se envuelve los hombros. Suspira. No está triste. La morocha se recorta al fondo del salón. El perfil es de insultante perfección, el vestido apretado la dibuja, exuberante. Artaza camina, despreocupado, como ausente. Ella lo espera entre risitas sofocadas. ¿Está sola? Artaza acelera.&lt;br /&gt;Los aromas lo incomodan. A él, el de los perfumes irresistibles. No los tolera. Ni a los murmullos que se multiplican hasta taladrarle los sentidos. Confunde las texturas. Ya no hay sabores para Artaza. Tampoco colores. La vida es un interminable gris que se le cuela en las retinas hasta agredirlas de monotonía. Ahora la morocha está en el balcón, avergonzando a la luna hasta obligarla a esconderse. La espalda es un tapiz de una suavidad inusitada. Artaza la recorre con el dorso de la mano y ella gira como una flecha, conmovida. No han cruzado una palabra y ya está entregada. A Artaza.&lt;br /&gt;Los libros lo hastiaron. A él, al devorador de páginas, al coleccionista de sonetos, al cancerbero de las palabras. La música no es capaz de erizarlo. A Artaza, indomable amante de teclas de marfil. Apenas el cine interrumpe el letargo. Artaza fue Burt Lancaster en la playa y derritió a Deborah Kerr en la arena. Fue Spencer Tracy despatarrado en un sillón, dueño de la suplicante Katherine Hepburn. Artaza lleva de la mano a la morocha, corren por el césped húmero, bordean las fuentes, se encuentran y desencuentran. Aparecen árboles jóvenes, un bosquecito artifical, nuevo y seductor.&lt;br /&gt;La noche inexorable envuelve a Artaza de sombras. El frío es insoportable. El dolor le consume los recuerdos. ¿Qué va a ser de Artaza ahora que la soledad y los años le redujeron el espíritu a un puñado de suspiros? ¿Dónde recuperar fuerzas si las fuerzas ya son inalcanzables? ¿Hasta cuándo, se pregunta Artaza? ¿Hasta cuándo? La morocha de fuego ya está en sus brazos. Artaza, diestro, la toma delicademente del cuello, y clavándole los ojos verdes le hunde el cuchillo con una explosión de placer. A las pupilas de la morocha se les va la vida y Artaza se la roba para alimentarse de agonía.&lt;br /&gt;Artaza, finalmente, duerme.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-8369898565183704659?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/8369898565183704659/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=8369898565183704659' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/8369898565183704659'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/8369898565183704659'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2010/10/memorias-de-artaza.html' title='Memorias de Artaza'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-4512777640195176135</id><published>2010-05-12T15:23:00.000-07:00</published><updated>2010-05-12T15:41:35.554-07:00</updated><title type='text'>El barquero</title><content type='html'>1&lt;br /&gt;Apretó el remo con tanta fuerza que las manos se le pusieran blancas. Como las manos de un muerto. Apenas quedaba algo de color en los nudillos. El resto eran dos garras aferradas a la madera. Se había mareado de odio.&lt;br /&gt;La chica era hermosa. Estaba de espaldas, la cabeza acomodada en el hombro del joven, los dedos entrelazados. Los detestó. Sacó la pala del agua y la descargó en la nuca del muchacho. Ella alcanzó a darse vuelta y el golpe le destrozó la frente. Los arrojó a las olas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;Vivía solo. No se acordaba desde cuándo. En el marco de la puerta, las manchas de sangre eran costras marrones y putrefactas. La sangre de su hijo.&lt;br /&gt;- Me voy-, le dijo una mañana.&lt;br /&gt;El alcanzó alcanzó a agarrarlo de los pelos y le castigó los pómulos contra la pared. Cinco, cien veces.&lt;br /&gt;- ¡No!- rugió.&lt;br /&gt;Enterró a su hijo entre los arbustos, al costado del miserable rancho. Cerca de la tumba de su esposa. Esa perra a la que había estrangulado con placer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;Escapaban de él como si del peor de los leprosos se tratara. Caminaba agachado, la vista clavada en la tierra. La ropa eternamente húmeda. Casi no hablaba. Gruñía.&lt;br /&gt;Los pasajeros, obligados a subir al bote para cruzar el estrecho, le temían. Jamás le sostenían la mirada al momento de pagarle.&lt;br /&gt;Murió en plena tormenta. Nadie lo lloró.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4&lt;br /&gt;Caminó por un sendero de piedras hasta que llegó a un amarradero. De repente no sentía los años, ni el dolor perenne en la espalda, ni el latido en las sienes. Los brazos eran fuertes, como en su juventud. Los pulmones se llenaban de aire.&lt;br /&gt;No escuchó aproximarse al hombre y se sobresaltó cuando le tocó la espalda.&lt;br /&gt;- No se asuste mi amigo. Lo estaba esperando.&lt;br /&gt;- ¿A mí?&lt;br /&gt;- Pero claro. Tengo un trabajito para usted. Un trabajito de tiempo completo.&lt;br /&gt;Era la sonrisa más horrible que había visto. Se parecía a la suya.&lt;br /&gt;- ¿Y qué tengo que hacer?&lt;br /&gt;- Ahora le explico. ¿Cómo era su nombre?&lt;br /&gt;- Caronte.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-4512777640195176135?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/4512777640195176135/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=4512777640195176135' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/4512777640195176135'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/4512777640195176135'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2010/05/el-barquero.html' title='El barquero'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-8121968697776764477</id><published>2010-03-10T07:09:00.000-08:00</published><updated>2010-03-10T07:11:44.016-08:00</updated><title type='text'>40 días en Jamaica</title><content type='html'>1&lt;br /&gt;John Lennon está sentado en la arena. Las piernas largas, el pantalón de  hilo graciosamente enrollado bajo la rodilla, la mirada en el mar  inmóvil. Lennon piensa en Liverpool, en ese otro paisaje frío y oscuro.  Destemplado. Esa era la palabra que buscaba Lennon. Juega con un  caracolito mientras fulmina con los últimos pitidos su cigarrillo. Y  piensa en su hijo, en Nueva York. Tan chiquito. Y en ese otro hijo; tan  lejano. El codo izquierdo recostado -más bien enterrado- en millones de  granos blancos y finos. La arena de Jamaica es una caricia para el  cuerpo y Lennon la disfruta. El sol baña su cuerpo blanquísimo y Lennon  sabe que pronto será un camarón. No le importa, porque se siente más  libre que nunca.&lt;br /&gt;Lennon ha reunido su banda. "Mi banda", subraya mentalmente. Allí, en  Jamaica, en esa playa de la que -acaba de decidirlo- nunca quiere  marcharse. Porque por un instante, fugaz y profundo, Lennon es feliz.&lt;br /&gt;Neil Aspinall apenas le roza el hombro. Está descalzo y Lennon,  sumergido en ese ramalazo eufórico, no lo escuchó acercándose. - ¿Todo  bien?&lt;br /&gt;Lennon levanta la cabeza y le dedica a Neill una sonrisa genuina. Neill  no veía sonreir a Lennon de esa manera desde... Una eternidad. Una vida.  O varias vidas.&lt;br /&gt;- Todo bien.&lt;br /&gt;- Traje una biografía de Brian. ¿Te interesa?&lt;br /&gt;- ¿Ya la leíste?&lt;br /&gt;- Si.&lt;br /&gt;- ¿Y qué puede decir de Brian que yo no sepa?&lt;br /&gt;Neill se encoge de hombros y camina lentamente hasta la orilla. Lennon  ha pensado mucho en Brian durante los últimos días. En aquella semana en  España. En las escenas que montaba Brian cuando Lennon, borracho  perdido, jugaba con él hasta humillarlo. En el día de su muerte; en el  instante en el que -simplemente- le dijeron "Brian está muerto".&lt;br /&gt;Lennon se deja acariciar por la brisa y cierra los ojos. Se ha cortado  el pelo. La muerte. Lennon piensa en su madre. Y en Mal Evans. Lennon  sabe que morirá joven, pronto, tal vez allí mismo, y tiene mucho miedo.  Nunca lo dirá. O sólo a Yoko. No se le ocurra que un loco pueda ser  capaz de balearlo en la puerta de su casa. Allá, en el Dakota. Pero una  extrañísima sensación lo tortura y por eso ha reunido su banda en  Jamaica para grabar el último disco de los Beatles. En secreto, por  supuesto. Es 1978.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2&lt;br /&gt;Ringo Starr no ha probado alcohol en las últimas 48 horas. La cabeza le  da vueltas. Tiene la boca seca y temblores bien repartidos por las  piernas y los brazos. Está fusilado en el silloncito del estudio,  restregándose los ojos con furia. No quiere que le hablen de la playa.  Ringo ha perdido el buen humor, y esa es toda una noticia.&lt;br /&gt;Alan Parsons simula una minuciosa inspección de una de las consolas,  pero en verdad tiene a Ringo en la mira. Su misión en Jamaica va más  allá de la de un ingeniero de sonido común y silvestre (aunque sea tan  poco común como Alan Parsons). Alan está allí para cuidar a Ringo,  porque Ringo es frágil, un pequeño travieso que lleva años suelto en el  jardín de los excesos.&lt;br /&gt;- Ni una gota -, dice Ringo.&lt;br /&gt;Alan asiente, pero está alerta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3&lt;br /&gt;"Maldita la hora", dice el caballero longilíneo, elegante con su  pantalón crema, la camisa fina y el cómico sombrerito blanco. "Maldita  la hora", se repite, atrapado en esa tienda en el infierno del mediodía  de Kingston. "Maldita la hora", reitera, hundiéndose los anteojos negros  en la nariz. Porque allí, en ese confín del Caribe, un hombre empezó a  molestarlo.&lt;br /&gt;- Ey, George Martin... George Martin, ¿no es usted George Martin?&lt;br /&gt;Sólo quiere pagar la cuenta, subirse al coche y esfumarse. Pero está  atorado cerca de la caja y el hombrecito, cargoso, insiste.&lt;br /&gt;- No me diga que no es George Martin... Los Beatles... Ey, ¿qué le pasa?  Le estoy hablando.&lt;br /&gt;"Maldita la hora", se dice George Martin después de dejar las bolsas  repletas de comida y de salir huyendo de ahí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4&lt;br /&gt;Olivia era una obsesión, los ojos más profundos y dulces que había  visto. Olivia era la vida misma. George Harrison no pensaba que el amor  podía arrollarlo con tanta brutalidad. No después de Patty. Y ahí  estaba, un beatle dado vuelta por la sonrisa más genuina y gigantesca  que le habían contagiado desde... Patty. Desde los buenos tiempos de  Patty, se corrigió. George había intentado convencerse desde hacía  demasiado tiempo que no extrañaba a Patty. Y ahora, finalmente, había  cambiado la añoranza por Patty por otra añoranza. ¿Y si Olivia  desaparecía?, se flageló. ¿Y si se iba? ¿Si renunciaba?&lt;br /&gt;George acarició con infinita ternura el puente de su guitarra y le brotó  una melodía. Muy triste, muy simple. Tocó esas notas, las dio vuelta,  volvió a la idea original, tomó aire y se puso a silbar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5&lt;br /&gt;Paul McCartney fumaba un porro descomunal con la vista clavada en el  ventilador de techo. Se lo pasó a John, que se lo pasó a George, que se  lo pasó a Ringo, que se lo pasó a Alan, que se lo pasó a Neill, que se  lo pasó a Paul. Y así estuvieron hasta las tres de la mañana, cuando  Paul se acomodó frente al pianito y simplemente dijo...&lt;br /&gt;- ¿Cómo era eso que estabas cantando esta tarde?&lt;br /&gt;Lennon improvisó algo sobre una chica, y un jardín, y olas de colores, y  caracolitos, y una arena tan fina que parece invisible en la palma de la  mano. Paul acomodó velozmente los versos y a John le salió un puente,  con esa guitarra toda desafinada que tocaba Alan Parsons, y de pronto el  milagro se produjo. Como en Liverpool, como en Hamburgo, como en ese  Londres por descubrir, Paul y John estaban componiendo juntos. Después  de mucho tiempo. George y Ringo no quisieron abrir la boca, invadidos  por el pánico de que la magia se esfumara, y Alan deseó con toda la  fuerza del mundo tener una grabadora, y correr a levantar a George  Martin de la cama. Neill simplemente sonreía. Tenía pendiente una  llamada con Derek Taylor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6&lt;br /&gt;El encuentro se había cristalizado por casualidad. En uno de esos... "¿y  qué te parece si...?" con los que John y Paul se divertían en el Dakota  mientras miraban la tele, devoraban porros y gozaban con los dardos que  se lanzaban Yoko y Linda. Una vez estuvieron a punto de ir al "Saturday  Night Live", así, de improviso, pero no consiguieron un taxi. Mientras  el mundo conjeturaba sobre el odio entre John y Paul, ellos se reían y  engordaban en un living de Nueva York.&lt;br /&gt;Pero había un límite que no habían cruzado hasta ese momento. No hacían  música juntos. Podía ser peligroso. Pudrirse todo o...&lt;br /&gt;John, que estaba fuera del circuito desde el nacimiento de Sean, le daba  vueltas al asunto y se lo propuso como al pasar. Porque se sentía vacío,  muy inquieto, con ese miedo arraigado en alguna parte; necesitado de  probar muchas cosas.&lt;br /&gt;- Algunas vez deberíamos grabar otro disco, ¿no?&lt;br /&gt;Le dijo John. Y Paul:&lt;br /&gt;- ¿Hablás en serio?&lt;br /&gt;- Si.&lt;br /&gt;- ¿Con la banda?&lt;br /&gt;- Si.&lt;br /&gt;- Sería un quilombo.&lt;br /&gt;- Insoportable, ¿no?&lt;br /&gt;- ¿Te imaginás?&lt;br /&gt;Y se hizo un silencio muy largo. Yoko y Linda habían escuchado y estaban  paralizadas. Yoko intentó acercarse al sillón y Linda, por primera vez,  por primera y sorprendente vez, le agarró un brazo con fuerza.&lt;br /&gt;- No -, fue lo único que pudo decir, pero la fulminaba con los ojos y  Yoko, por primera y sorprendente vez, quedó petrificada.&lt;br /&gt;- ¿Y si nos escondemos?&lt;br /&gt;- ¿Cómo que nos escondemos?&lt;br /&gt;- Armamos un estudio en algún lugar, lejos. Lejos de acá, de Inglaterra.&lt;br /&gt;- Sin publicidad.&lt;br /&gt;- Que nadie se entere.&lt;br /&gt;- George Martin.&lt;br /&gt;- Y Neill.&lt;br /&gt;- ¿Me escuchaste? George Martin.&lt;br /&gt;- Ya sé. Phil Spector está rayado. George Martin.&lt;br /&gt;- Y Alan Parsons.&lt;br /&gt;- Y nadie más.&lt;br /&gt;- Ayer hablé con Ringo, sería cuestión de decirle dónde y cuándo.&lt;br /&gt;- Si.&lt;br /&gt;- Y a George tenemos que agarrarlo entre los dos.&lt;br /&gt;- Y compramos acciones en Harrisongs.&lt;br /&gt;- Y le financiamos una película.&lt;br /&gt;- Y le regalamos un coche.&lt;br /&gt;- Yo lo llamo a Neill. Que arme todo.&lt;br /&gt;- ¿Así nomás?&lt;br /&gt;- Así nomás.&lt;br /&gt;- Y ya sé en dónde.&lt;br /&gt;- ...&lt;br /&gt;- En Jamaica.&lt;br /&gt;- Jamaica.&lt;br /&gt;- Y en poquitas semanas.&lt;br /&gt;- ¿Esto es en serio, no?&lt;br /&gt;- Si.&lt;br /&gt;- George Martin.&lt;br /&gt;- En Jamaica.&lt;br /&gt;- Solos.&lt;br /&gt;- Solos.&lt;br /&gt;- Sin familias.&lt;br /&gt;- Sin esposas.&lt;br /&gt;Linda atenazaba el antebrazo de Yoko. Y Yoko miraba a John desde la  puerta del living y se daba cuenta de que estaba derrotada antes de  iniciar cualquier batalla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7&lt;br /&gt;Los Beatles compusieron y grabaron 37 canciones. No las cantaban; las  vomitaban. Era como el álbum blanco, pero distinto, heterogéneo,  anárquico... y perfecto. Terminaban un tema y empezaban otro. George se  sentía como en aquellas semanas en las que se obró el milagro de "All  things must pass" y le salió una docena de creaciones. Algunas  simplemente sublimes, tanto que John y Paul, en sus recreos, las  escuchaban pasmados. Y Ringo aportó tres canciones bellísimas, un poco  tristes, porque detrás de la coraza había un hombre que sufría y Ringo,  finalmente, podía expresar un poquito de esa sensación que lo mantenía  mareado desde 1970.&lt;br /&gt;George Martin y Alan Parsons no daban abasto. Sólo les preocupaba no  perder el material, asegurarlo, copiarlo, atesorarlo. Ya habría tiempo  para trabajar con él.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8&lt;br /&gt;Y un día la magia se acabó. No es que el pozo se hubiera secado, sólo  que ya lo habían rasqueteado demasiado, lo suficiente como para que  afloraron los resquemores. Entonces, sabiamente, John le puso la mano en  el hombro a Paul, y se miraron, y supieron que la tarea estaba cumplida.  Y George sonrió con alivio, y con curiosidad, y pensó en Olivia.  Entonces se encerraron en el fondo de la cabaña, discutieron y tomaron  la decisión. Lo habían acordado desde el primer momento. Y así fue. Y  Ringo lloró, porque se sentía tan mal como en aquel primer día en Jamaica.&lt;br /&gt;George Martin, Alan Parsons y Neill Aspinall volvieron a Londres en  vuelos separados. Cada uno llevaba una copia de las cintas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9&lt;br /&gt;El 8 de diciembre de 1980, Mark Chapman le ensartó cuatro balazos a John  Lennon en la puerta del edificio Dakota, y el cuadrado empezó a  desarmarse irremediablemente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10&lt;br /&gt;El 29 de noviembre de 2001 el cáncer se llevó a George Harrison. Murió  tomado de la mano de Olivia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11&lt;br /&gt;NUEVA YORK (24/3/2008 - Agencia Reuter).- En la mañana de hoy murió en  esta ciudad Neill Aspinall, histórico asistente personal y road manager  de The Beatles. Aspinall tenía 65 años y falleció a causa de un cáncer  de pulmón, de acuerdo con lo informado por sus familiares. Al momento de  su deceso se desempeñaba como director de Apple Corporation, la empresa  fundada por The Beatles en la década del 60.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;12&lt;br /&gt;George Martin miraba las ramas de los abetos moviéndose al compás del  viento. La mecedora crujía levemente. De fondo sonaba Bach. La carta  descansaba sobre el regazo.&lt;br /&gt;Tomó el papel para leerlo por tercera vez, se subió los anteojos y  estudió por unos instantes el sello del banco suizo. Y leyó.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;                                                                                                                    Zurich, 10 de marzo de 2010&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estimado Sr. Martin&lt;br /&gt;Me es grato dirigirme a Ud. para comunicarle que la junta directiva de  la institución me ha dado plenas atribuciones para encargarme del tema  que oportunamente conversamos en Londres.&lt;br /&gt;Esta mañana concurrí a las bóvedas en compañía de nuestros expertos y  hemos comprobado que el material se encuentra en perfecto estado. Hemos  separado las cintas originales de los archivos digitales, tal como nos  fue indicado.&lt;br /&gt;En cuanto a las cláusulas del contrato, tengo entendido que Apple  Corporation mantiene  acuerdos similares con entidades de Nueva York y  Tokio y que nuestra junta directiva aprobó condiciones similares. Espero  interiorizarme de otros detalles.&lt;br /&gt;Un amigo de absoluta confianza porta esta carta, por lo que me siento  liberado para expresarme con franqueza, a sabiendas de que no hay  peligro de que llegue a manos indebidas.&lt;br /&gt;El contrato especifica que el material debe ser devuelto a Apple  Corporation el día que muera el último integrante de The Beatles, por lo  que me gustaría ratificar con Ud. y con su hijo Giles si el sistema de  envío de dicho material se mantiene en pie o si prefieren cambiarlo.&lt;br /&gt;Llevo 25 años de carrera en el banco y siempre se han tejido historias  acerca del contenido de esas cajas de seguridad. Conjeturas de toda  clase, como Ud. imaginará. Independientemente de estos rumores, tan  comunes en esta clase de situaciones, y teniendo en cuenta la magnitud  de la tarea que me han encargado, no niego que me gustaría que  conservemos acerca de la naturaleza del material que me toca custodiar.&lt;br /&gt;Mi antecesor en el cargo sólo me confió que se trata de un disco grabado  por The Beatles después de 1970, y que la voluntad del grupo es que  fuera editado después de la muerte de todos sus integrantes. No le  ocultaré que soy un admirador de The Beatles desde mi juventud, y me  pregunto la razón por la que tomaron esa determinación.&lt;br /&gt;No quiero abusar de su confianza y me disculpo si piensa Ud. que he  llegado demasiado lejos con mis inquietudes.&lt;br /&gt;Estaré el mes próximo en Londres, espero verlo entonces.&lt;br /&gt;Con el mayor respeto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Werner Dieterglass&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-8121968697776764477?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/8121968697776764477/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=8121968697776764477' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/8121968697776764477'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/8121968697776764477'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2010/03/40-dias-en-jamaica.html' title='40 días en Jamaica'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-1768431896440120291</id><published>2010-02-12T10:38:00.000-08:00</published><updated>2010-02-12T10:41:49.120-08:00</updated><title type='text'>En el camino nuevamente</title><content type='html'>La muerte de Salinger, que tanto tiene que ver con la inspiración de estas historias, cerró un extenso paréntesis. De próxima -y ojalá que inminente- entrega: "40 días en Jamaica". Y que sean muchas más. Saludos.&lt;br /&gt;HC&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-1768431896440120291?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/1768431896440120291/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=1768431896440120291' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/1768431896440120291'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/1768431896440120291'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2010/02/en-el-camino-nuevamente.html' title='En el camino nuevamente'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-5074621732656441176</id><published>2009-01-11T13:48:00.002-08:00</published><updated>2009-01-13T12:01:28.114-08:00</updated><title type='text'>El ojo de la ballena</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cada mediodía, cuando el puerto bullía de barcos que atracaban, mercancías apiladas y marineros ruidosos, el pequeño se acomodaba en un rincón, con la gran Biblia negra de su madre en el regazo. Ella lo había iniciado en el Cantar de los Cantares, pero rápidamente pasó al Levítico, y por esos tiempos lo habían capturado las advertencias de los profetas. Saltaba con fruición de Isaías a Jeremías, de Jeremías a Ezequiel, y de Ezequiel a Isaías. De tanto en tanto interrumpía la lectura y se dejaba arrastrar por extensas ensoñaciones, durante las que perdía la mirada en el mar.&lt;br /&gt;Era un personaje más de ese micromundo de olores penetrantes, hombres curtidos por la sal y por la soledad, de gigantes de madera y de hierro que lo invitaban a cabalgar. Lo saludaban con una tosca caricia en la cabeza, con un guiño. Los pocos que sabían leer dejaban la bolsa a un costado, hincaban la rodilla y se llevaban un párrafo del Exodo o una aventura de Salomón. Habían aprendido a querer a ese niño de escasas palabras que nunca había conocido a su padre. Se lo había devorado una tormenta en el estrecho de Magallanes.&lt;br /&gt;La ropa le quedaba holgada. Las mangas de la chaqueta le cubrían los dedos y el gorro le invadía la nariz. Era flaco, muy flaco, y calzaba enormes zapatos negros. No tenía hermanos, ni abuelos, apenas un par de tíos dispersos por los océanos y un perro que mucho tiempo atrás había dejado de serle fiel. Su amor era su madre, y su dolor la tristeza que ella transmitía.&lt;br /&gt;Lo apasionaban las historias de los arponeros, esas montañas de músculos capaces de domar a una bestia con un centelleante movimiento de su brazo. Los imaginaba como imponentes Goliaths, feroces guerreros capaces de matar a un monstruo marino y de encabezar en cubierta ceremonias demenciales y paganas. Seguía con atención las hazañas de Ko, el hambriento tigre malayo que era leyenda entre los balleneros. El más valiente de todos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;2&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Una mañana, aprovechando el nervioso traqueteo que precede a la suelta de amarras, mientras los marineros colmaban las bodegas para satisfacer una aventura de incontables meses, se escabulló y recorrió el puente sin llamar la atención. Acarició las sogas -más gruesas que sus tobillos-, comprobó la aspereza de la vela y disfrutó al recostarse, por un instante, al macizo cobijo del palo mayor. Amaba ese barco, todos los barcos; amaba el mar. Sabía, con apenas 10 años, que esa sería su vida y su tumba. Lo deseaba fervientemente.&lt;br /&gt;Trepó ágilmente por una escalerilla, rumbo a la popa, y le faltó el aire cuando se encontró a centímetros del timón. Todo estaba acomodado en la sólida mesita: la brújula, el compás, las cartas, algunos instrumentos que no conocía y un deslumbrante relicario de oro.&lt;br /&gt;- No toques eso.&lt;br /&gt;La voz era grave, pero amigable.&lt;br /&gt;- Es del capitán. Antes de zarpar realiza una ceremonia aquí y estudia durante largo rato esa imagen.&lt;br /&gt;Descubrir quién era su interlocutor volvió a sacudirlo.&lt;br /&gt;- Soy Ko, mucho gusto.&lt;br /&gt;Levantó la cabeza y se le antojó que era el hombre más grande que había visto. Llevaba sólo unos gastados pantalones blancos. Era totalmente lampiño, apenas unas delicadas líneas se distinguían en el lugar de las cejas. Su piel cobriza hablaba de incontables hazañas, narradas por una colección de pictogramas con forma de cicatrices.&lt;br /&gt;- ¿Qué tienes ahí?&lt;br /&gt;Apretó la Biblia contra el pecho y miró al gigante sin temor.&lt;br /&gt;- Ah, el libro... Ese libro... ¿Y qué opinas de lo que dice?&lt;br /&gt;- Son historias muy hermosas. Y terribles.&lt;br /&gt;- ¿Crees que son ciertas?&lt;br /&gt;- Dios lo escribió.&lt;br /&gt;- ¿Dios?&lt;br /&gt;- Sí, me lo explicó mi madre.&lt;br /&gt;- ¿Y dónde está Dios? ¿En este barco? ¿En el mar? ¿Sabe matar ballenas?&lt;br /&gt;- Dios es nuestro Padre.&lt;br /&gt;Ko se arrodilló, aparentemente muy interesado por la charla. Aún así era más alto que el chico.&lt;br /&gt;- ¿Es un Dios bueno?&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- ¿Es capaz de perdonar?&lt;br /&gt;Los interrumpió un tumulto. Los gritos llegaban de estribor. Una gran caja con harina y azúcar había ido a parar al agua, y dos grumetes se habían enredado en una pelea. El aluvión de carcajadas que los animaba cesó bruscamente y el bullicio que instantes antes le daba vida a la nave mutó en absoluto silencio. El chico, desde su privilegiada posición, notó que la figura del capitán había restablecido el orden. No necesitó hablar, ni siquiera amonestó a los revoltosos. Le bastó con poner un pie en cubierta para transmitir la más formidable autoridad. Esa imagen acompañó al niño para siempre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font-weight: bold; text-align: center;"&gt;3&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando un barco toca puerto después de una extenuante travesía se pone en marcha un particular ritual. Desde las entrañas de la nave, los hombres se preparan para vivir la extraña transición que va de un viaje a otro. En tierra firme los esperan mujeres, hijos, hermanos, padres. Algunos disfrutan la dicha del reencuentro. Los más aguardan un derrame del dinero contante y sonante que cada marinero se lleva de la oficina de pagos.&lt;br /&gt;Nadie recibió a Ko esa agobiante tarde de julio. Sólo el muchacho -más alto, más flaco, más curioso que nunca-. Una charla había quedado inconclusa casi un año atrás y él tenía la ilusión de continuarla. En realidad, lo que pretendía era escuchar al malayo. Lo que nunca había imaginado era recibir un regalo.&lt;br /&gt;Ko lo había distinguido desde cubierta, y cuando aterrizó con un brinco prodigioso, extrajo del morral un envoltorio y se lo entregó al chico.&lt;br /&gt;- Este es el dios en el que yo creo-, le dijo, y se perdió entre la multitud de abrazos, besos apasionados y lágrimas reprimidas de quienes se habían quedado solos.&lt;br /&gt;Corrió a su casa con la Biblia en una mano y el paquetito en la otra. Su madre, ocupada en la taberna, le había dejado comida en una ollita. Se sentó en la cama y fue despegando los pliegues de tela hasta darse con la sorpresa. Era el ojo de un cachalote; un perfecto globo blanco surcado por frágiles y zigzagueantes venitas rojas. Del tamaño de un puño. El iris, negro en su homogénea perfección, lo taladraba hasta el corazón.&lt;br /&gt;Perturbado, emocionado, se tumbó en el colchón y abrió el libro al azar. Y leyó: “morará el lobo con el cordero, y el tigre con el cabrito se acostará: el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de teta se entretendrá sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna del basilisco. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como cubren la mar las aguas”.&lt;br /&gt;Se durmió con la vista fija en ese ojo laboriosa y sabiamente disecado.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center; font-weight: bold;"&gt;4&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Su madre nunca aparecía por el puerto. Demasiado ocupada estaba en ganar el pan. Así que encontrarla allí esa mañana fue todo un gozo para el chico. Se sentaron juntos, los pies jugueteando con el agua, y él recostó la cabeza en su hombro.&lt;br /&gt;- Háblame de Dios. ¿Es El capaz de perdonar?&lt;br /&gt;- Por supuesto. El nos ama. ¿Por qué preguntas eso?&lt;br /&gt;- ¿Por qué se llevó a papá?&lt;br /&gt;- Sus designios escapan a nuestra comprensión. Tenemos que aceptarlos porque El así lo ha decidido. Somos sus hijos y le debemos obediencia.&lt;br /&gt;- Es lo que dice la Biblia.&lt;br /&gt;Ella lo abrazó y lo besó en la frente.&lt;br /&gt;- Algún día lo comprenderás, Ahab.&lt;br /&gt;El niño no quedó muy convencido.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-5074621732656441176?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/5074621732656441176/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=5074621732656441176' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/5074621732656441176'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/5074621732656441176'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2009/01/el-ojo-de-la-ballena_3477.html' title='El ojo de la ballena'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-8442156526637901645</id><published>2008-12-14T16:39:00.000-08:00</published><updated>2009-01-13T12:00:56.754-08:00</updated><title type='text'>El tesoro</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SWzy6zq3dEI/AAAAAAAAABI/EZ6ZxPdTOQ0/s1600-h/EL_TESORO_final.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 400px; height: 172px;" src="http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SWzy6zq3dEI/AAAAAAAAABI/EZ6ZxPdTOQ0/s400/EL_TESORO_final.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5290870754369827906" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;- Alguien tiene que hacer algo. Esto no puede seguir así.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Macbeth elevó la voz, pero no generó demasiadas simpatías; más bien provocó una oleada de recelos y varias miradas cruzadas.&lt;br /&gt;- ¿Y qué proponés?-, le espetó Ahab, que se había acomodado junto al fuego y hacía bailar una moneda de oro entre los dedos.&lt;br /&gt;- Formemos un grupo y vamos a hablar con el hombre en el altillo-, le respondió con frialdad.&lt;br /&gt;- Es demasiado peligroso-, apuntó el joven Werther.&lt;br /&gt;- Con esa actitud no vas a ir a ningún lado, querido-, le susurró Madame Bovary.&lt;br /&gt;- ¡Hay que pasar a la acción!-, rugió Don Quijote.&lt;br /&gt;- Por favor que se calle-, le rogó Dulcinea a Sancho Panza, que estaba enfrascado en una partida de cartas con el coronel Aureliano Buendía.&lt;br /&gt;Las voces se multiplicaron por el pabellón, y de pronto un reguero de discusiones encendió el atardecer. El silencio, hijo del miedo que dominaba a todos, le dio paso a la esperanza. Querían saber.&lt;br /&gt;- No podemos perder más tiempo. Anoche hubo otra desaparición-, anunció Macbeth.&lt;br /&gt;Julieta se acurrucó bajo el brazo de Romeo.&lt;br /&gt;- Son dos niños, qué divinos-, se enterneció Penélope, deteniendo por un instante su tejido. A Holden Caulfield lo perforó un ataque de celos aunque -raro en él- se quedó callado.&lt;br /&gt;- ¿Quién fue?, preguntaron desde el fondo.&lt;br /&gt;- Un tipo bastante simpático que dormía en un ataúd, no me acuerdo el nombre-, explicó Macbeth.&lt;br /&gt;- Es un conde, como yo-, se ufanó Montecristo.&lt;br /&gt;Father Brown arqueó una ceja. “¿Y cuál es la fuente de información?”, inquirió.&lt;br /&gt;- Me lo contó Gulliver.&lt;br /&gt;Hubo murmullos y una que otra risita nerviosa.&lt;br /&gt;- Fue en el pabellón cuatro -enfatizó Macbeth-; se supone que el próximo sale de acá.&lt;br /&gt;- ¡Este es el seis! ¿Qué pasa con el cinco?-, se quejó Dorian Gray.&lt;br /&gt;- Ahí vive un tipo solo -le comentó al oído Anna Karenina-. Se llama Robinson Crusoe y está del moño.&lt;br /&gt;- ¡Hay que pasar a la acción!-, volvió a gritar Don Quijote.&lt;br /&gt;- Me parece que el viejo tiene razón- reflexionó el profesor Emilio Dorfer.&lt;br /&gt;Volvieron las discusiones y el recinto se transformó en una gigantesca asamblea. Pasaron los minutos y en cada corrillo se fue haciendo carne la idea armar una comisión con mandato para negociar con el hombre del altillo. El delegado llegaría a la hora de la cena y era el momento propicio para plantear la inquietud del grupo.&lt;br /&gt;- No podemos hacer esto solos -razonó David Copperfield-. Por lo que sé hay más de treinta pabellones. Necesitamos más fuerza para que el hombre del altillo atienda el reclamo.&lt;br /&gt;- No son treinta los pabellones; eso es lo que se ve desde nuestro ventanal. Hay muchos más-, reveló Scherezade.&lt;br /&gt;- No me habías contado eso-, le dijo, enojado, Don Juan.&lt;br /&gt;- Con vos no hablo. Basta de verso-, le retrucó.&lt;br /&gt;- ¡Ya empezaron!-, rezongó El Cid.&lt;br /&gt;- ¡Armemos esa bendita comisión de una vez y pidamos una entrevista! ¿O vamos a esperar a que nos sigan diezmando? Los últimos fueron Hansel y Gretel. ¿Dónde están? ¿Qué pasó con ellos? ¡No soporto más esta incertidumbre!-, sollozó el doctor Frankenstein.&lt;br /&gt;- Vamos, pórtese como un hombre-, lo retó Hércules Poirot.&lt;br /&gt;Macbeth comprobó que el debate corría el riesgo de empatanarse y recuperó la iniciativa. Era el momento de jugar todas las fichas. “Para que no se generen suspicacias esperemos todos juntos al delegado. Yo hablo con él y el resto me respalda. Si alguien quiere intervenir, bienvenido sea”, ofreció. Sonaba razonable.&lt;br /&gt;- Por ahí tenemos suerte-, se ilusionó el Capitán Nemo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;2&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La campanilla que anunciaba la cena llevó la excitación en el pabellón seis al borde del paroxismo. Cuando apareció el delegado, los gritos cesaron por completo. No estaba solo.&lt;br /&gt;- Es el hombre del altillo-, exclamó El Principito.&lt;br /&gt;- Ahora quiero verlo a Macbeth-, se solazó, en voz muy baja, Jane Eyre.&lt;br /&gt;El hombre recorrió el pasillo central lentamente, buscando dónde sentarse. Todos lo siguieron; muchos retenían la respiración. Era muy bajito, víctima de una incipiente calvicie, y de manos tan pequeñas como delicadas. Vestía totalmente de blanco. Sherlock Holmes lo radiografió en el acto, aunque se abstuvo de comentar sus conclusiones. Para su sorpresa, el hombre le obsequió un alegre saludo. Finalmente, habló.&lt;br /&gt;- He notado una llamativa inquietud por aquí-, apuntó despreocupadamente el hombre. Había hallado un cómodo silloncito y se acomodó velozmente. Todos miraron a Macbeth.&lt;br /&gt;- ¿Puedo saber qué les preocupa?&lt;br /&gt;Macbeth tragó saliva.&lt;br /&gt;- Las desapariciones. ¿Qué está pasando?-, se animó a preguntar.&lt;br /&gt;El hombre se sacó los anteojos y los guardó en un estuche. Recostó la cabeza en el respaldo, un poco gastado pero tentadoramente mullido, y recorrió al grupo con una mezcla de respeto, cariño y curiosidad.&lt;br /&gt;- Me han encomendado una misión. Una hermosa misión. Me niego a llamarla trabajo.&lt;br /&gt;- ¿Y es...?-, inquirió Macbeth.&lt;br /&gt;- Cuidar de ustedes.&lt;br /&gt;- ¿Cuidarnos?&lt;br /&gt;- Por supuesto.&lt;br /&gt;- ¿Por qué?&lt;br /&gt;- Porque ustedes son un tesoro. En mi modesta opinión, el más bello y valioso de los tesoros. Y yo soy el guardián.&lt;br /&gt;Hubo sorpresa, gestos de incredulidad.&lt;br /&gt;- Trataré de explicarles. Cada uno de ustedes es una joya con marcado destino de inmortalidad. Así está dispuesto desde el principio de los tiempos. Sólo que debemos atenernos a ciertas reglas -algunas de las cuales, les confieso, ni yo mismo entiendo-, y por eso van saliendo&lt;br /&gt;de los pabellones con este... sistema. Para cada uno está reservado un momento.&lt;br /&gt;- ¿Y no podemos saber concretamente de qué se trata?-. El tono firme en la pregunta de Huck Finn demostró que habían ganado en confianza.&lt;br /&gt;- Es que ni siquiera yo sé a quién le tocará salir en el próximo turno. En cuanto a las precisiones sobre lo que les espera, sólo puedo pedirles que no se asusten, se trata de un tránsito&lt;br /&gt;maravilloso. Maravilloso. Ya no se refieran a esto como desapariciones.&lt;br /&gt;- ¿Y quién determina quién se marcha y cuándo?-, quiso saber Alex,&lt;br /&gt;sintiéndose un poco ridículo con sus calzoncillos escopeta blancos.&lt;br /&gt;- Un compañero de tareas. Se llama Inspiración.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font-weight: bold; text-align: center;"&gt;3&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Al hombre del altillo le encantaban las flores. Las cultivaba con esmero y con cariño. Nada para él como pasear cada mañana entre los tulipanes, acariciando los pétalos con la yema de los dedos; sentarse junto al estanque y admirar las orquídeas; calzarse los guantes para cuidar sus rosales. El jardín, una extensión inabarcable de verde y colores que explotaban aquí y allá, era a la vez el ámbito ideal para las caminatas y las despedidas. Sólo que en esta oportunidad, por&lt;br /&gt;razones de fuerza mayor, había cambiado un mediodía de sol por la frescura de la noche estrellada.&lt;br /&gt;- Mañana empieza una nueva vida para usted.&lt;br /&gt;- ¿Una nueva vida?&lt;br /&gt;- Sí, estimado Conde. Es tiempo de dejar el pabellón.&lt;br /&gt;- ¿Y a dónde voy?&lt;br /&gt;- A un lugar magnífico.&lt;br /&gt;- ¿Puedo saber de qué se trata?&lt;br /&gt;- No lo entendería si se lo explico. La experiencia habla por sí misma.&lt;br /&gt;- Estoy un poco asustado. Siempre he vivido aquí.&lt;br /&gt;- Lo entiendo. Le pido que confíe en mí.&lt;br /&gt;El hombre rodeó los hombros del Conde con un suave abrazo y lo condujo por un sendero. La capa brillaba a la luz de la luna.&lt;br /&gt;- Usted y sus compañeros son seres muy especiales.&lt;br /&gt;- Hemos pasado lindos momentos. Y eso que yo duermo de día, ¿eh?&lt;br /&gt;- Lo sé. Pero todo tiene un final, aunque en estos casos es más apropiado hablar de un comienzo.&lt;br /&gt;- Voy a extrañar a mis amigos. ¿No pueden venir conmigo?&lt;br /&gt;- Todos están unidos y van a seguir así. Se lo prometo.&lt;br /&gt;- ¿Me va a doler?&lt;br /&gt;- ¿Cómo?&lt;br /&gt;- Si esto que va a pasarme es doloroso. O traumático.&lt;br /&gt;- Nada que ver.&lt;br /&gt;Llegaron a un claro y el hombre deslizó el brazo hasta estrechar la mano del Conde.&lt;br /&gt;- El viaje será breve. Todo va a salir bien.&lt;br /&gt;- Le creo.&lt;br /&gt;- Cierre los ojos.&lt;br /&gt;En ese momento, en Londres, un escritor y dramaturgo llamado Bram Stoker encontró la pieza que faltaba. Hacía tiempo que le daba vueltas la idea de una novela gótica basada en su interés por el vampirismo. Fue un flash, un ramalazo de clara percepción en el que Drácula se corporizó en su mente.&lt;br /&gt;El hombre del altillo se había quedado solo en el claro. Y sonrió.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-8442156526637901645?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/8442156526637901645/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=8442156526637901645' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/8442156526637901645'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/8442156526637901645'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2008/12/el-tesoro.html' title='El tesoro'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SWzy6zq3dEI/AAAAAAAAABI/EZ6ZxPdTOQ0/s72-c/EL_TESORO_final.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-5367572791980175229</id><published>2008-12-02T12:57:00.000-08:00</published><updated>2008-12-16T10:21:02.552-08:00</updated><title type='text'>La señora del cuadro</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/ST6fzxqzFhI/AAAAAAAAABA/Wdatuk9Or1Q/s1600-h/GetAttachment.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 400px; height: 400px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/ST6fzxqzFhI/AAAAAAAAABA/Wdatuk9Or1Q/s400/GetAttachment.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5277831525179790866" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Ilustración: Sebastián Rosso&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Esta es la historia de Miguel, el chico que se fue a vivir en un cuadro. Pensará usted, estimado lector, que hablo en sentido figurado. De ninguna manera. Hay magia y fantasía en este relato, es verdad, pero también dolor. Y como cierre, a modo de moraleja, una lección de vida, gentileza de un pequeño de cuatro años.&lt;br /&gt;¿Qué puede llevar a un nene de esa edad a tomar semejante decisión?, nos preguntamos todos. Miguelito no se fue de paseo; tampoco emprendió un viaje iniciático ni salió a experimentar los riesgos de la realidad. Él, sencillamente, saltó a otro plano. Cambió de dimensión. Eligió un mundo diferente. Hace falta mucho valor para dar un salto de esa naturaleza. Póngase en su lugar y, con la mano en el corazón, confiese si se siente capaz de eternizarse en una pintura. Así, estático, condenado a la inmovilidad policromática del óleo. Miguel lo hizo por amor. Déjeme que le cuente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;2&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La primera vez que vio el cuadro, Miguel llevaba los pañales y el chupete con altiva dignidad. Sus horas transcurrían de brazos en brazos, de la cuna al coche, de la teta a la mamadera. Aprendió a sonreir cuando era muy chiquito y las caricias en el cuello lo tentaban al nivel de carcajada. Ya habrá deducido usted que era un bebito adorable. Pero, y aquí me permito una opinión muy personal, había algo especial en sus ojos. No me pregunte qué; no sabría explicárselo. Digamos que si Miguelito lo miraba a usted fijamente, durante un buen rato, lo hacía sentir bien. Tal cual. ¿Era un don? Quién sabe. Lo cierto es que, desde su condición de crío incapaz de articular palabras, ya marcaba una diferencia con el resto.&lt;br /&gt;Pero no quiero olvidarme del cuadro, que es tan central en esta aventura como el propio Miguel. Le soy sincero: a mí nunca me llamó la atención. Es fruto del talento de Juan Carlos Iramain, un prestigioso artista tucumano que ni por las tapas debe haber soñado con algo así: un invitado -un colado, mejor dicho- en el corazón de su obra. Iramain pintó una colla (¿la habrá retratado? ¿la habrá imaginado?) y le regaló una tela de inusuales dimensiones. Porque es demasiado grande para albergar apenas un rostro. Medio cuerpo, para ser precisos.&lt;br /&gt;Dicen que Iramain dio a una luz una pintura similar, pero con un hombre de protagonista. El compañero de la colla. Su marido, o su hermano. Pero es apenas una versión escuchada al pasar, imposible de corroborar hasta tanto no aparezca el cuadro en cuestión. En tal caso, sería posible entender muchas de las cosas que terminaron con Miguel en un paisaje eterno. Pero no nos vayamos al campo de las conjeturas, porque esta es una historia real.&lt;br /&gt;Esa mujer irradia tristeza. Tiene los ojos enormes y oscuros, y los pómulos como naranjas bien maduras. Imposible adivinar su edad, porque se sabe que la piel curtida, tan propia de las ventiscas andinas, engaña cualquier cálculo. La boca fruncida, las orejas grandes, el pelo lacio cayendo sobre la frente; son postales de un perfil sufrido que a Miguel lo sedujo desde el primer encuentro. No hay detalles relevantes detrás de la figura cubierta por un ponchito verde (ahora que lo pienso, lleva el hombro izquierdo descubierto). Se adivina la ladera de un cerro, manchones de verde, un caminito serpenteante, el ocre del atardecer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;3&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;- La señora me habló.&lt;br /&gt;Esa fue el primer indicio sobre la relación entre Miguel y la mujer del cuadro. Lo reveló durante un almuerzo y, lógicamente, no lo tomaron en serio. Su hermano se burló un poco.&lt;br /&gt;- ¿Qué señora?-, le preguntaron.&lt;br /&gt;- Esa-, dijo señalando la pintura, poco visible desde ese ángulo del comedor.&lt;br /&gt;- ¿Cómo que te habló?&lt;br /&gt;- Sí, cuando yo estaba viendo la tele.&lt;br /&gt;Miradas cómplices en la mesa. Entre divertidas, sorprendidas y, seamos francos, con algún atisbo de inquietud.&lt;br /&gt;- ¿Y qué te dijo?&lt;br /&gt;- Que está muy triste porque no encuentra a su hijito.&lt;br /&gt;Eso fue todo. Miguelito tenía en ese entonces dos años y medio. Tamaña revelación, en cierta forma, justificó determinadas actitudes del pequeño. Como las tardes interminables en el sillón del living, con un ojo en los dibujitos animados y el otro recorriendo las paredes. Como ciertos murmullos -¡desde los tiempos en los que todavía dependía del coche, es cierto!- al pasar cerca del cuadro. Como el cariño con el que observaba a la colla.¿Cómo reaccionan los padres ante estas situaciones? Y, cada casa es un mundo. Hay quienes se obsesionan por descubrir desórdenes de conducta e integran al psicólogo al círculo familiar. Otros buscan explicaciones más moderadas (el amigo invisible que ¿todos? hemos tenido alguna vez y cosas por el estilo). Y están los que dejan pasar estos capítulos de la infancia como quien mira una sitcom.&lt;br /&gt;Cuando Miguel se acostumbró a saludar cada mañana a “la señora”, porque ese fue su nombre oficial de allí en adelante, a sus padres les pareció que las cosas pasaban de castaño oscuro. Pero fue una tormenta de verano. Miguelito seguía siendo la creaturita vivaz, inteligente y alegre de siempre. ¿Que hablaba con un ser construido a base de pigmentos e inspiración? ¿Y quién se arroga el derecho de arrojar la primera piedra cuando un filósofo decreta el fin de la historia y el resto del mundo lo da por sentado?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;4&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Una tarde de setiembre, con tres años recién cumplidos, Miguelito le contó a su papá todo lo que sabía sobre “la señora”. Llovía finito y estaba fresco; uno de esos días en los que los tucumanos se mienten a sí mismos que no están condenados a fritarse en un infierno subtropical. A Miguel le encantaba columpiarse en una hamaca paraguaya que habían colgado en el quincho, y se lo notaba muy concentrado en esa tarea cuando empezó a hablar. De repente y sin que le preguntaran. Estaban solos.&lt;br /&gt;“La señora” vivía en una casita de adobe. Su marido se había ido. Así, sin dar un motivo. Ella se había despertado un día, le había dado un poco de guiso viejo a la perra y un vaso de leche a su hijito, había lavado algo de ropa en el arroyito y había preparado el almuerzo. Pero él nunca se sentó a la mesa. Ella lo esperó durante toda la tarde, apenas acomodada en un banquito, la espalda contra el barro reseco, los pies entrelazados en un ruego. Con el ocaso se le escapó una lágrima. Y otra. Y otra. Y después no lloró nunca más.&lt;br /&gt;Piense usted en esta tragedia relatada por la serena inocencia de un retoño. Una mujer abandonado en medio de la nada. A la buena de Dios y responsable del bienestar de un chiquito. Y eso no fue todo, porque las penurias nunca vienen solas y, a no dudarlo, con “la señora” se ensañaron. Una noche de tormenta se le perdió su hijito. El agua, enfurecida, se filtraba por todas partes, y el techo parecía a punto de desplomarse. ¿El techo? Era el cielo el que se venía abajo. El arroyito era un mar embravecido y ella, tan sola, tan angustiada, se había descuidado durante un minuto. Menos, tal vez. Suficiente para que el changuito se esfumara sin dejar rastros.&lt;br /&gt;Mucho tiempo había pasado. Tiempo de soledad, de penas que siempre amagan con dar un portazo pero que están tan arraigadas que el corazón no puede vivir sin ellas. Ella nunca había dejado de buscar a su pequeño. Jamás se había resignado a la pérdida.&lt;br /&gt;- ¿Sabés, pa? Me dijo que cuando me ve se acuerda de su hijito. Está tan sola... Y tan triste.&lt;br /&gt;No volvieron a hablar del tema.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;5&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;A la luz de los hechos, se nota que Miguelito maduró su decisión. Reflexionó. Meterse en el cuadro no fue un impulso ni un equívoco. Mire usted: vomitó la historia de “la señora” un año antes del salto. Le llevó meses hacerse a la idea de que podía vivir sin Discovery Kids, sin la pizza de muzzarella y sin armar esas torres de Babel que se desmoronaban cuando los bloquecitos de plástico renegaban del idioma del equilibrio. ¿Habrá medido que en el cuadro no había pileta ni aire acondicionado? ¿Ni galletitas de chocolate ni porrazos porque a la bicicleta se le salían las rueditas? Seguro que sí.&lt;br /&gt;A su manera, Miguel se fue despidiendo de todos. A nadie le confesó lo que estaba a punto de hacer. Es más, se lo veía más alejado del cuadro. Tal vez supuso que lo estaban espiando. O que adivinaban su plan. Daba vueltas por el jardín, acariciaba a su gata y se peleaba mucho menos con sus amiguitos.La noche del 25 de agosto les dio un sonoro beso a sus papás y se durmió con la placidez de los justos. El día de su cumpleaños amaneció en el mundo que él había elegido habitar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;6&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Todos los días me acerco al cuadro y le doy un beso a mi hijo. Es una manchita castaña, allá a lo lejos, jugando en la ladera de esa montaña que ya conozco de memoria. No puedo verle la carita, está un poco de costado. Pero, ¿quiere que le sea honesto? Me da la sensación de que es feliz.&lt;br /&gt;Y ahora, fiel lector, a modo de agradecimiento por haber llegado hasta aquí conmigo, voy a revelarle algo: la señora me habló. Lo hizo una vez, y fue suficiente.&lt;br /&gt;- Yo lo cuido, y él me cuida-, me dijo.&lt;br /&gt;Y no pude responderle nada.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-5367572791980175229?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/5367572791980175229/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=5367572791980175229' title='12 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/5367572791980175229'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/5367572791980175229'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2008/12/la-seora-del-cuadro.html' title='La señora del cuadro'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/ST6fzxqzFhI/AAAAAAAAABA/Wdatuk9Or1Q/s72-c/GetAttachment.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>12</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-8302127515438720029</id><published>2008-11-16T15:10:00.000-08:00</published><updated>2008-11-16T15:19:42.258-08:00</updated><title type='text'>El Pacto</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: right;"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;A Sabrina, musa y protagonista.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;- ¿La amas?&lt;br /&gt;- Con desesperación.&lt;br /&gt;- Cuéntame.&lt;br /&gt;- Los días pasan, las horas se consumen, el mundo se mueve y yo me mantengo a un costado de la realidad, como en un sueño. Los hechos pierden su trascendencia, la naturaleza parece alterada porque a veces no soy capaz de distinguir los colores, los climas. Me muevo en un plano distinto. Aterrizo suavemente y vuelvo a despegar impulsado por sentimientos que estaban guardados y se soltaron de repente. No me importan las ideas, reniego de lo establecido. La felicidad está ahí, al alcance de la mano. Basta con cerrar los ojos y recitar su nombre, una y otra vez, en un trance de amor.&lt;br /&gt;- Entiendo.&lt;br /&gt;- ¿Puedes ayudarme?&lt;br /&gt;- Siempre.&lt;br /&gt;- Escúchame: me conformo con una mirada, con una palabra. El tiempo suficiente para capturar su esencia. Un instante perfecto, sublime. ¿Acariciarla? ¿Besarla? ¿Recibir un te amo de sus labios? No me animo a soñar con algo así. Sería peligroso. Sé que puedo volverme loco.&lt;br /&gt;- Puedo regalarte lo que me pides. ¿Y qué me darás a cambio?&lt;br /&gt;- Todo. Lo que quieras.&lt;br /&gt;- Serás un esclavo de amor, Ismael.&lt;br /&gt;- Lo seré.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;2&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;El sol del mediodía, impiadoso, devoraba las espaldas. La arena hirviente se colaba en las fauces resecas de la masa desdichada. El monstruoso bloque de piedra estaba irremediablemente atascado, mientras los latigazos restallaban aquí y allá. Ismael intentó anudar una de las poleas, pero los dedos le temblaban. Devorado por la fiebre, sabía que no pasaría de esa noche. Levantó la cabeza y se deleitó con el suave tránsito del Nilo, con las barcazas coloridas y los niños que chapoteaban en la orilla. Y la vio. Las manos suaves y exquisitas jugueteaban con un cántaro. Entonaba una melodía, que le recordó a su madre.&lt;br /&gt;El golpe, brutal, lo despertó de la ensoñación y lo partió en dos. Alcanzó a mirarla por última vez. Faltaban muchos años para que la pirámide luciera todo su esplendor. Ismael ya había hecho su aporte.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;3&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;La galera estaba condenada. La tormenta cruzaba el Mediterráneo y la nave agonizaba entre las olas. Atado al remo, Ismael movía los brazos con furia. El casco crujía durante ese zig zag endemoniado, y la risa de Neptuno retumbaba en la bodega lúgubre, un pandemónium de ratas y grilletes tan oxidados como implacables. Las filtraciones se hacían cada vez más grandes y el agua ya les llegaba a la cintura. Los alaridos de los galeotes no conmovían el rítmico tam tam.&lt;br /&gt;Cuando el mar envolvía sus hombros, segundos antes de ahogarse en ese ataúd maldito, Ismael distinguió un resplandor de la cabellera azabache. Y ya no vio nada más.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;4&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;- La señora pide más vino, rápido.&lt;br /&gt;Ismael corrió al cobertizo, revisó las ánforas y colmó tres cuencos. Hizo equilibrio con un madero, a modo de bandeja y volvió rápido a la casa.&lt;br /&gt;- A servir, vamos.&lt;br /&gt;Después de acomodarse un poco la vestimenta y de secarse el sudor, ingresó a la sala con paso rápido y la mirada clavada en el piso.&lt;br /&gt;- No hay esclavos como los de Dalmacia -se ufanaba Cayo Pomponio-. Y los tengo en mi casa.&lt;br /&gt;- Los míos son de lo mejor-, le retrucó Drusila.&lt;br /&gt;- No estoy tan seguro.&lt;br /&gt;- ¿Quieres hacer la prueba?&lt;br /&gt;- Mmmmm... Te apuesto a que este infeliz no es capaz de llenar 10 copas de vino sin derramar una gota. Pero debe hacerlo en el tiempo que yo termino la mía.&lt;br /&gt;- Eres un cerdo, Pomponio.&lt;br /&gt;- ¿Lo crees capaz?&lt;br /&gt;- Por supuesto que sí.&lt;br /&gt;- ¿Y si no lo logra?&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- Pues le cortamos una mano.&lt;br /&gt;Hubo carcajadas, y apuestas, y los invitados se congregaron en torno a la gran mesa, en la que 10 copas habían sido perfectamente alineadas. El jarrón era pesado y muy difícil de manejar. Ismael supo que sería imposible el éxito en tan poco tiempo.&lt;br /&gt;- ¡Comiencen ya!-, ordenó Drusila.Pomponio despachó su vino muy despacio, siguiendo de reojo la nerviosa aventura de Ismael, disfrutando de la torpeza del sirviente y del disgusto de la anfitriona. En la sexta copa, tres gotas salpicaron el mármol.&lt;br /&gt;- Son manchas de sangre. Su sangre-, rugió, iracunda, la hermana de Calígula.&lt;br /&gt;Ismael pasó sus últimos días entre los frutales al pie de la colina, carcomido por la gangrena, agradecido por los cuidados de una anciana dadivosa. Una noche, recostado sobre el heno, adivinó una figura blanca, tallada con deleite, los pies pequeños, el cuello de una deidad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;5&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Una vez más, las joyas de Constantinopla eran presa de la rapiña. Ismael se refugió de la matanza en una iglesia, pero no había espacio para los débiles esa noche de saqueo y de muerte. Por eso, desarmado, expuesta su carne a la furia del invasor, fue rápida víctima de una espada trepidante. Se arrastró hasta la explanada y expiró con la vista fija en las estrellas. Antes, por un momento, atrapó el más bello de los perfiles jamás imaginado por el hombre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;6&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Cuidar los caballos del general era su misión. Combatir el frío de la estepa no era sencillo esa mañana de hogueras apagadas. El campamento había quedado atrás; la descomunal maquinaria del ejército estaba en marcha. Ismael les había tomado afecto a esos corceles mongoles, tan amigables para las caricias y tan altivos para la batalla. Pero lo preocupaba la renguera de uno de ellos. El favorito de su amo.&lt;br /&gt;- No le va a gustar cuando se entere -, le susurró, al pasar, uno de los cocineros.&lt;br /&gt;Había aplicado todo sus conocimientos buscando una cura, pero no había caso. La bestia negra marchaba con la cabeza gacha, incapaz de soportar la montura. Y el general lo pediría apenas se tornara inminente la batalla. Desde lejos, con el disgusto esculpido en la frente, el guerrero había notado la inexorable declinación de ese amigo que le había salvado la vida tantas veces.&lt;br /&gt;Ismael estaba perdido y lo comprobó la noche siguiente, cuando el cuchillo del general, ciego de borrachera, de rabia y de pena, le perforó el estómago. Murió convencido de que había apreciado, por un segundo, la sonrisa de un ángel.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;7&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Sirvió en la casa de Simon de Monfort durante 75 años. Se apagó una tarde de abril, hecho un ovillo en un camastro miserable.&lt;br /&gt;- Lo escuché, lo escuché antes de morir- contó uno de los niños en las afueras del castillo.&lt;br /&gt;- ¿Y qué decía?&lt;br /&gt;- Hablaba de una creatura mágica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;8&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Ismael cosechó arroz en el delta del Yangtzé, fue pastor en las afueras de Cuzco y pescador en el Ganges. Una y otra vez fue carne de cañón. Se hundió en las gélidas tumbas del Artico y en el infierno del Sahara. Por los siglos de los siglos lo guiaron ojos indescifrables, formados por un collage de colores de fantasía, tan poderosos como profundos y devastadores. Los había mirado de cerca una vez, suficiente para motorizar su leyenda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;9&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Los campos de algodón se habían transformado en un páramo. Georgia era presa de las llamas y las mareas de sometidos deambulaban sin rumbo por los caminos polvorientos. Ismael arrastraba los pies desnudos, atenazado por el hambre y la incertidumbre. Lo acompañaban cuatro hombres, dos mujeres y un niño asustado. Vagaban sin destino, entregados a la furia vengativa de los soldados confederados o a una muerte por inanición.&lt;br /&gt;El pelotón apareció de repente, a toda velocidad. Hombres fuertes, con la impronta de los vencedores en la postura. Los uniformes azules no transmitían tranquilidad, hasta que el capitán habló. Lo hizo con la voz engolada, un discurso de apenas tres palabras, pero no por eso menos ensayado:&lt;br /&gt;- Ahora son libres.&lt;br /&gt;Una semana más tarde mataron a Abraham Lincoln, y pocas horas después una turba enardecida linchó a Ismael en un viejo roble, a escasos metros de la choza en la que había nacido. Impresos en los párpados se llevó esos pequeños detalles que endulzaban sus sueños: los holluelos en las mejillas, los pasos breves y danzarines, el modo en el que se acomodaba el pelo, algunos lunares dispersos, aquí y allá.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;10&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Se despertó asustado. El sol inundaba la habitación, mientras la silueta recortada en la puerta proyectaba una sombra impensada. El visitante se sentó en un banquito, junto al catre, y sonrió.&lt;br /&gt;- Pasó mucho tiempo, Ismael.&lt;br /&gt;- Mucho tiempo.&lt;br /&gt;Amanecía en Darfur y las moscas integraban una nube espesa y pegajosa. Pero no se acercaban a la figura angulosa y taciturna.&lt;br /&gt;- Siete mil años, mi amigo.&lt;br /&gt;- Sí.&lt;br /&gt;- ¿Te gusta este lugar?&lt;br /&gt;- Estuve en otros mucho peores.&lt;br /&gt;- Lo sé.&lt;br /&gt;- ¿Qué quieres?&lt;br /&gt;- Pasé a ver cómo estabas.&lt;br /&gt;Ismael se recostó y cerró los ojos. Muchas vidas y muchas muertes se le amontonaron de repente, pero el sufrimiento se evaporó en un suspiro. Era ella, frente a frente, con aquel crepúsculo de fondo. Era su sonrisa y su mirada, con la brisa de otoño anticipando la noche más preciada.&lt;br /&gt;- ¿Te arrepientes?&lt;br /&gt;- Me hiciste el regalo más bello. Tuve todo lo que deseaba.&lt;br /&gt;- ¿No le temes a la eternidad?&lt;br /&gt;- ¿Temerle? ¿Cuándo ella me sonrió, y hablamos, y capturé su mirada?&lt;br /&gt;- Fue apenas un minuto.&lt;br /&gt;- No sabes de lo que hablas. No sabes lo que es la felicidad.&lt;br /&gt;El visitante se puso de pie, un poco perplejo, para la despedida.&lt;br /&gt;- Puede que volvamos a vernos. Muchas cosas interesantes pasarán en el mundo.&lt;br /&gt;- Te espero.&lt;br /&gt;- Adiós.&lt;br /&gt;- Adiós. Y gracias.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-8302127515438720029?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/8302127515438720029/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=8302127515438720029' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/8302127515438720029'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/8302127515438720029'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2008/11/el-pacto.html' title='El Pacto'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-8553134600742132038</id><published>2008-11-11T18:51:00.000-08:00</published><updated>2008-11-11T18:53:05.825-08:00</updated><title type='text'>El ascensor de Belén</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;I&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- Papá... ¿Sos vos?&lt;br /&gt;El celular se le escurrió entre los dedos y rebotó en la alfombrita de goma. Diego irguió la cabeza y sólo encontró su expresión de sorpresa en el espejo. No había nadie más en la asfixiante caja de 1,30 de lado. Apenas la señal mortecina del tablero y un fluorescente en permanente agonía. Pero la voz, la pregunta, el ruego de la nena, había sido demasiado nítido. De pronto la cabeza le pesaba toneladas&lt;br /&gt;y sintió que un hilo de sangre se le colaba entre los labios. Se tocó la nariz, recostando la espalda sobre el aluminio sucio, y la mano&lt;br /&gt;era un manchón carmesí.&lt;br /&gt;El ascensor frenó en seco, con el habitual chirrido de las poleas desgastadas, y Diego salió a los tropezones, golpeándose el hombro contra una puerta. Aterrizó en el hall, jadeante, aferrado a sus rodillas, la mirada clavada en la cabina. La señal del mensaje de texto volvió a sacudirlo; además del ringtone sonaba el vibrador y el teléfono daba cómicos saltitos. Lo capturó de un manotazo y, con los&lt;br /&gt;párpados más apretados que nunca, cerró las compuertas con violencia.&lt;br /&gt;- Amor... ¿Qué pasó?&lt;br /&gt;- Alguien me habló en el ascensor.&lt;br /&gt;Refugiado en la cocina del departamento, Diego intentó poner las cosas en orden. No estaba de humor para que su novia lo acribillara a preguntas. Y menos para que se burlara de él. Estaba claro: había escuchado una voz al momento de pasar por el cuarto piso. Del palier,&lt;br /&gt;seguramente. Y por alguna razón se había amplificado hasta convencerlo de que era tan cercana. Tomó un largo trago de agua mineral y se congratuló porque la sien había dejado de latirle.&lt;br /&gt;- Amor, estás lleno de sangre.&lt;br /&gt;La afirmación, alarmada, lo volvió a la realidad.&lt;br /&gt;- Se me debe haber reventado un vaso, voy a lavarme.&lt;br /&gt;- ¿Qué pasó? Decime la verdad... ¿Estás bien?&lt;br /&gt;- Sí, fue un susto, nada más.&lt;br /&gt;Se metió al baño y, mientras abría la canilla, se miró en el espejito del boquitín. Las manchas rojizas, esparcidas por las mejillas y el mentón, le habían salpicado la camisa. Le retumbaba en los oídos la súplica de la nena. Era tan real...&lt;br /&gt;- ¿Vas a ver el mensaje de texto?&lt;br /&gt;- Ah, sí.&lt;br /&gt;Ella extendió el aparato, teñido por luces azules que se prendían y apagaban, reclamando una pronta lectura, y cuando Diego miró la pantalla volvió a sentir que el mundo daba vueltas. Sólo tres palabras.&lt;br /&gt;- Papá... ¿Sos vos?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;II&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres ascensores para 17 pisos. Ocho departamentos por planta. Más que un edificio era una pequeña ciudad, atestada de vecinos que intercambiaban saludos de compromiso, chismosos que husmeaban historias e infinidad de rostros desconocidos. Siempre de paso. La construcción no era vieja, pero se había deteriorado tanto como la disciplina de los porteros. Había demasiada basura debajo de las alfombras. Y muchos secretos.&lt;br /&gt;Fermín tenía siete años y el absoluto convencimiento de que no debía subirse solo al ascensor del medio. El más lento. Una vez había sentido dedos invisibles que le rozaban una mejilla; otra, un susurro indescifrable. Pero a Fermín más lo atormentaba la tristeza que le transmitía cada viaje en el paquebote traqueteante. En esa minúscula celda le surgía el recuerdo de su abuelito, una figura destrozada por la artrosis que intentaba acariciarlo con una garra repulsiva.&lt;br /&gt;Esa mañana, Fermín pasó a toda velocidad por el hall y, de reojo, vio a uno de los porteros limpiando frenéticamente el espejo maldito. Aceleró y se internó en la escalera, hasta desaparecer en un suspiro.&lt;br /&gt;- ¿Qué pasa, Rubén?&lt;br /&gt;- Esta vez se pasaron... Enchastraron todo, señora. Es un desastre.&lt;br /&gt;- ¿Cómo que esta vez?&lt;br /&gt;- Ya me cansé de limpiar este ascensor. Viven llenándolo de mugre y escribiendo cosas.&lt;br /&gt;- ¿Qué cosas?&lt;br /&gt;- Y... cosas raras. En el espejo. Y escriben con los dedos. Pase, mire.&lt;br /&gt;La mujer se asomó y leyó MI PAPA. El trazo de las mayúsculas era irregular y se notaban las manchas a la vuelta. Huellitas de un rojo intenso.&lt;br /&gt;- Eso es sangre seca, Rubén.&lt;br /&gt;- Sí, acá no faltan los sucios que se creen graciosos. Siempre lo mismo.&lt;br /&gt;- ¿Sospecha de alguien?&lt;br /&gt;- Esos deditos...&lt;br /&gt;- Sí, pero esto no parece cosa de chicos.&lt;br /&gt;En ese momento el fluorescente parpadeó dos, tres veces, y la cabina quedó a oscuras. La lámpara del palier apenas proyectaba un tenue rayo de claridad, suficiente para que la vecina, de un salto, buscara refugio fuera del ascensor. Las compuertas se sellaron con un chasquido metálico y el portero tanteó el tablero en la penumbra. Una mano pequeñita, fría como el mármol en invierno, le atenazó el antebrazo y lo sometió a tirones casi salvajes.&lt;br /&gt;- ¡Llevame, papá, llevame!, reclamó la niña.&lt;br /&gt;El portero intentó forcejear, mientras desde el estomágo le subía un líquido quemante. Dejó de luchar, ahogado por el terror y por su vómito. Cayó de rodillas y la manito aflojó la presión.&lt;br /&gt;- Vos no sos mi papá... ¿El dónde está?-, le preguntó una vocecita quebrada por las lágrimas.&lt;br /&gt;El corazón de Rubén dijo basta. Fue la primera víctima de Belén.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;III&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No era fácil meter el cochecito en un espacio tan reducido. Nahuel había estado particularmente alegre durante la mañana. Se reía a los gritos, feliz con su sonajero reluciente, cruzado por un arco iris.&lt;br /&gt;El enterito color crema, inmaculado, era la delicia de la dueña del almacén. Después del paseo al sol, el bebé estaba listo para su baño previo al almuerzo. Así que entró al ascensor dando grititos, mientras su mamá lidiaba con la bolsa de las compras y con las ruedas que se atascaban con el borde de la alfombra.&lt;br /&gt;Ella pulsó el botón del 11 y se concentró en una arruguita que le había parecido sobre la nariz. Ni siquiera notó que Nahuel se había callado. Belén apoyó los brazos en los bordes del coche y miró fijamente al bebé. Lo taladró con sus enormes ojos color avellana, le succionó la alegría y, simplemente, le dijo:&lt;br /&gt;- Vos querés venir conmigo, ¿no?&lt;br /&gt;Nahuel se sacudió un poco y gimió. El sonajero se deslizó por un costado y cayó en cámara lenta sobre el pie de la mujer. Su hijo se sacudía en el coche, mientras los oídos le sangraban. La piel del nene se había puesto violácea y el enterito se tiñó de púrpura.&lt;br /&gt;Cuando ella lo levantó, Nahuel pareció reaccionar. Miró fijamente a su mamá y abrió la boca.&lt;br /&gt;- Nos vamos, nenito-, anunció Belén con acento cantarín.&lt;br /&gt;Nahuel murió antes de llegar al piso 11.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;IV&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Son ojos de animé, se le ocurrió a Sandra. Eran enormes, vidriosos y arrolladoramente expresivos. Incisivos. Capaces de penetrar a las profundidades de cualquier espíritu para descubrir sus miserias y arrastrarlas a una oscuridad distinta. La mirada de Belén era una puñalada venenosa, atroz.&lt;br /&gt;Es hermosa, se convenció Sandra. La nena llevaba el pelo -negrísimo- prolijamente recogido con una cinta blanca. El sencillo vestido verde le descubría los brazos y el pecho, coronado por un reluciente dije color perla. Usaba medias blancas -con puntillas, notó Sandra- y zapatos marrones. La piel de Belén era una maravilla de porcelana, tan delicada.&lt;br /&gt;La mente analítica de Sandra funcionaba a toda velocidad. Mecánicamente, se había enfocado en la niña, en un formidable ejercicio de negación. Porque se había materializado de la nada, en una milésima de segundo, frente a ella. En absoluto silencio, mirándola con un fanatismo hipnótico.&lt;br /&gt;De pronto, Belén habló.&lt;br /&gt;- Te odio-, le espetó.&lt;br /&gt;La autopsia reveló que Sandra había muerto a causa de una súbita y devastadora implosión de su estomágo, su esófago, sus intestinos.&lt;br /&gt;- No fue agradable-, se limitó a apuntar el forense.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;V&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Subieron juntos al ascensor, como todos los martes. El leía distraídamente la solapa de un gigantesco volumen de tapas duras. Lo cargaba como una pluma. Ella apretó el botón del séptimo, tosió y tanteó la cartera, cerciorándose de que la billetera estaba allí. El viaje culminó sin incidentes. A decir verdad, ni el profesor Emilio Dorfer ni su hija sintieron nada raro en ese ascensor. Nunca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;VI&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;- ¿A qué piso vas?&lt;br /&gt;- Al último.&lt;br /&gt;- ¿Si? Yo también. ¿En qué departamento vivís?&lt;br /&gt;- ...&lt;br /&gt;- ¿Cómo te llamás?&lt;br /&gt;- Belén.&lt;br /&gt;- Nunca te había visto por acá.&lt;br /&gt;- Busco a mi papá.&lt;br /&gt;- ¿Tu papá?&lt;br /&gt;- Sí, mi papá.&lt;br /&gt;- ¿Y cómo se llama?&lt;br /&gt;- Lucio. ¿Vos lo conocés?&lt;br /&gt;- ¿Lucio cuánto? No me suena.&lt;br /&gt;- Mi papá es muy alto.&lt;br /&gt;- ¿Si?&lt;br /&gt;- Y tiene barba.&lt;br /&gt;- Me parece que no lo conozco.&lt;br /&gt;- ...&lt;br /&gt;- ...&lt;br /&gt;- Vos te vas a morir.&lt;br /&gt;- ¿Qué?&lt;br /&gt;- Que te vas a morir. Te va a agarrar una enfermedad, te va a doler mucho la cabeza y después te vas a morir.&lt;br /&gt;- ¿Qué te pasa, nena? ¿Estás loca?&lt;br /&gt;- Primero se va a morir tu esposa. Y después te vas a morir vos.&lt;br /&gt;- Mirá, mejor callate...&lt;br /&gt;- Te va a doler muuuuucho la cabeza.&lt;br /&gt;- Terminá, basta.&lt;br /&gt;- ¿Te querés morir ahora? Yo te ayudo.&lt;br /&gt;El ingeniero César Robin, empapado por un sudor helado, el cuerpo invadido por temblores que nunca había imaginado posibles, se estrujó en un ángulo del ascensor y se dejó caer lentamente. Belén se limitó a mirarlo, impasible, y antes de esfumarse comentó:&lt;br /&gt;- No sabés lo que te va a pasar. Me hubieras hecho caso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;VII&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Darío González, plomero de profesión, se le cayó una caja de herramientas y le fracturó cuatro dedos de un pie. Siempre aseguró que había escuchado una voz en el ascensor.&lt;br /&gt;Fermín, finalmente, vio a Belén. Ella lo observaba con un poco de curiosidad, mientras él escondía la cabeza en los pliegues del sobretodo de su papá. Salió ileso.&lt;br /&gt;Margarita, la administradora del edificio, sufrió un violento ataque de asma mientras se dirigía a la terraza. El ascensor, súbitamente, cambió de velocidad. Ella se ahogó, el cuello oprimido por una soga intangible, los pulmones reducidos a dos fuelles comprimidos al máximo, incapaces de expandirse porque el oxígeno vital había decidido esquivarlos.&lt;br /&gt;Con las rodillas en el piso, vio una nena de vestido verde, bellísima y melancólica. Y la escuchó cantar. La crisis se llevó la vida de Margarita.&lt;br /&gt;Don Osvaldo era el decano del edificio. Su admirable salud de roble, 97 años de plena vitalidad, quedó triturada cuando Belén le habló al oído. El jamás confesó la naturaleza de ese mensaje. Murió de pena, 10 días después.&lt;br /&gt;El fluorescente se quemó cuatro veces en dos semanas. El motor funcionaba de a ratos; con arrestos de entusiasmo seguidos por inexplicables depresiones. Mario Díaz, el técnico capaz de hacer milagros con esas carcazas corcoveantes, se sumergió en el pozo y murió aplastado cuando el ascensor cobró vida y se desplomó furiosamente.&lt;br /&gt;A veces, Belén reía. A veces cantaba. Por momentos se quedaba arrobada frente al espejo, la cabeza un poco ladeada, acariciándose el pelo. Esperando compañía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;VIII&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Traspasó el hall con paso cansino, despreocupado. Pero era demasiado imponente como para pasar inadvertido. Por su altura, por la barba espesa, los anteojos de marco grueso y las gastadísimas zapatillas negras. Era flaco, anguloso, huesudo. Llevaba los botones superiores de la camisa desprendidos, y por allí asomaba una maraña negra.&lt;br /&gt;- ¡Qué peludo!-, pensó la vendedora de planes de ahorro que lo cruzó en la mitad del palier.&lt;br /&gt;Él fue directamente al ascensor del medio, y cuando se abrió la compuerta Belén se arrojó en sus brazos. La levantó, la hizo girar y le estampó un sonoro beso en la mejilla. Ella, pura felicidad, le tironeó las patillas. Se miraron un largo rato. Profundamente.&lt;br /&gt;- Sos traviesa, ¿eh, Belén?&lt;br /&gt;- ¿Nos vamos papá?&lt;br /&gt;- Nos vamos. Hay que buscar a tus hermanos.&lt;br /&gt;- ¿Y después qué hacemos?&lt;br /&gt;- Y... No sé... ¿Querés que te deje unos días en otra parte?&lt;br /&gt;- Mmmm... Puede ser, ¿no?&lt;br /&gt;- ¿Y dónde te gustaría?&lt;br /&gt;- ¿Qué te parece un jardín de infantes?&lt;br /&gt;Por primera vez en esa tarde, el diablo se rió con ganas.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-8553134600742132038?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/8553134600742132038/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=8553134600742132038' title='8 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/8553134600742132038'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/8553134600742132038'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2008/11/el-ascensor-de-beln_11.html' title='El ascensor de Belén'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>8</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-1371998252931990353</id><published>2008-11-03T15:51:00.000-08:00</published><updated>2008-11-03T16:03:00.832-08:00</updated><title type='text'>El Encuentro</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQ-PkCCVixI/AAAAAAAAAAw/lmrTGSm0uzA/s1600-h/DV497025A.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 170px; height: 112px;" src="http://3.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQ-PkCCVixI/AAAAAAAAAAw/lmrTGSm0uzA/s400/DV497025A.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5264584338604133138" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;1&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;-Tenemos nuevos vecinos, Don Fernando.&lt;br /&gt;Al anciano no pareció interesarle la noticia. Se recostó en la mecedora del balcón y fijó la mirada en los coches que circulaban por 25 de Mayo hacia la plaza Independencia. La perra le olfateó la palma de la mano y se la lamió.&lt;br /&gt;- ¿Y quiénes son?&lt;br /&gt;- Un matrimonio bien jovencito. Temprano los vi trayendo cajas con libros.&lt;br /&gt;- ¿Libros?&lt;br /&gt;- Sí. Y plantas. Ella es bien simpática. Se llama Rebeca. Una pelirroja hermosa.&lt;br /&gt;- Pelirroja...- Parece que son médicos. Me dijo el apellido, pero me olvidé.&lt;br /&gt;La perra había calzado la cabeza en el enrejado y ladró con entusiasmo. Estaban en el quinto piso, pero muchas cabezas giraron en la vereda, atestada a esa altura de la mañana. Tucumán bullía en ese martes de otoño recién estrenado. Bullía de nervios, de ansiedad. Algo grande estaba por pasar.&lt;br /&gt;El anciano sorbió su té, mientras la perra le acariciaba la rodilla con la cola inquieta. Hacía calor.&lt;br /&gt;- ¡Goldstein!&lt;br /&gt;Giró la cabeza hacia el ventanal y el imponente cuerpo de Blanca, la mujer que día a día ponía orden en el diminuto departamento de dos ambientes, emergió por la mitad. Hasta la cintura, en un raro equilibrio que al anciano le pareció gracioso.&lt;br /&gt;- El apellido es Goldstein.&lt;br /&gt;Don Fernando apoyó la cabeza en el almohadón y de pronto lo atrapó la modorra. Soñó con trenes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;2&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;Casi las once y media. A Blanca no le gustaba despertar al anciano.&lt;br /&gt;El primer destello de esos ojos provocaba un efecto paralizante. En cierto modo repulsivo. Después, cuando iba aterrizando en la realidad, Don Fernando recuperaba la impasibilidad del gesto lejano. En un tiempo, a Blanca se le antojaba arrogante y despreciativo. Había dejado de importarle.&lt;br /&gt;Le rozó los hombros con toda la delicadeza que le permitían sus manos, acostumbradas en una época a los quehaceres rurales en el corazón del cañaveral.&lt;br /&gt;- Vamos, Don Fernando. Tiene que salir un rato. A caminar, vamos.&lt;br /&gt;La perra había parado las orejas y el anciano se irguió lentamente. El estuche con los lentes estuvo a punto de deslizarse del bolsillo de la remera celeste. Llevaba pantalón gris y mocasines sin medias. Esa mañana se había afeitado con prolijidad marcial.&lt;br /&gt;- Póngase la gorra o se va a insolar.&lt;br /&gt;Mientras cruzaba el comedor hacia la puerta, atenazado por la cojera y el dolor en la cintura, se le ocurrió preguntar por el almuerzo.&lt;br /&gt;- Tallarines, como a usted le gustan.&lt;br /&gt;Desesperada ante la inminencia de la partida del amo, y sin resignarse a que para su paseo vespertino faltaba un buen rato, la perra gimió. Él le rozó el hocico con el dorso de la mano, un poco conmovido. Y cerró la puerta de golpe.&lt;br /&gt;No estaba solo en el hall. Una pelirroja deslumbrante lo miraba, curiosa. Don Fernando manoteó el botón del ascensor.&lt;br /&gt;- Ya lo llamé. ¿Siempre se demora en venir?&lt;br /&gt;- A veces.&lt;br /&gt;- Somos vecinos, ¿sabe?&lt;br /&gt;- Ya me contaron. Vos sos Rebeca. Mucho gusto-, le dijo con llamativa suavidad.&lt;br /&gt;Ella sonrió, sorprendida por el extraño acento del viejito y por la dulzura que había adivinado en el saludo. De paso, con el ojo clínico bastante adiestrado a pesar de sus 34 años, le echó un vistazo. Estaba más cerca de los 90 que de los 80. Muy desgastado, con la piel manchada, apenas unos mechones grisáceos sobre la nuca. Había estado muy enfermo, sin duda. Herido, con toda seguridad.Bajaron juntos y él no volvió a hablar. Ella le dedicó otra de sus esplendorosas sonrisas cuando Don Fernando, caballero, le franqueó el paso en la puerta del edificio. Partieron en direcciones distintas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;3&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;Recorrió el par de cuadras hasta la plaza disfrutando la caminata, palpando la efervescencia de la calle. Llevaba cuatro años en la ciudad, convencido de que ya no habría un próximo destino. Después de tantos viajes, de cruzar geografías insólitas, sobresaltado hasta por una brisa de primavera, Tucumán se había convertido en su lugar en el mundo.&lt;br /&gt;La fachada de San Francisco lo amparó mientras adivinaba el inusual despliegue policial. La Casa de Gobierno parecía en relativa calma, así que cruzó San Martín y después giró, ansioso por descubrir entre los naranjos la esplendorosa estatua que tanto admiraba. Se detuvo un rato, enamorado de la perfección de las formas, y siguió la breve travesía diaria hacia el banco, frente a la Catedral.Solía dormirse en ese rincón, pero ese mediodía fue más que un cabeceo. Los brazos cruzados, el mentón en el pecho, se sumergió en un tiempo completamente diferente. Soñó con montañas, allá a lo lejos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;4&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;- Me voy, Don Fernando.&lt;br /&gt;Eran las seis y media. El anciano saludó a Blanca con la mano y se acomodó en la mecedora. La perra, a los saltos, husmeaba entre los pechos de la mujer, feliz por esa vuelta a la manzana que estaban a punto de regalarle.&lt;br /&gt;El anciano se sentía extrañamente excitado desde la siesta. Apenas había dormitado. Hacía muchos años -décadas, subrayó mentalmente- que la piel no se le erizaba de ese modo. Y cuando vio un transporte de soldados surcar raudamente la calle el corazón el latió a otro ritmo. Prendió la radio y corroboró la convulsión que le agitaba el espíritu. Algo muy grande iba a pasar.&lt;br /&gt;Blanca volvió agitada.&lt;br /&gt;- ¿Vio los soldados?&lt;br /&gt;- Sí. Este gobierno no va a durar nada.&lt;br /&gt;- Y... Hace falta mano dura.&lt;br /&gt;El anciano se rió con ganas.&lt;br /&gt;- Le dejo unos sánguches de pollo en la heladera. Hágase un té. Y no se desvele.&lt;br /&gt;- Está bien, Blanca.&lt;br /&gt;- La perra tiene un montón de comida en el plato. Y el balde lleno de agua.&lt;br /&gt;- Ya lo vi, gracias.&lt;br /&gt;Se relajó con el portazo. Respiró profundo y estudió el enjambre de peatones. Algunos apurados; otros despreocupados. Los vio, como siempre, reducidos a una masa informe, despersonalizada. Tan aborrecible, tan manipulable... Sonó el timbre. Nunca sonaba el timbre en su departamento.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;5&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;La belleza de la pelirroja lo lastimó, le removió el estómago. Lo puso en guardia y lo estimuló.&lt;br /&gt;- ¿Se acuerda de mí?&lt;br /&gt;Amistosa, la perra le olfateaba las sandalias. Ella le acarició el manto negro y le rascó la cabeza. Ya eran buenas amigas.&lt;br /&gt;- Rebeca, por supuesto.&lt;br /&gt;- Disculpe la molestia. Tenemos una mancha de humedad en la cocina, en la pared que da con la suya. ¿Me dejaría verla?&lt;br /&gt;- Pase. Pero no se ilusione, no hay mucho que ver.&lt;br /&gt;Ella se adelantó, ágil, y Don Fernando le miró las caderas ajustadas en la solera floreada. Tenía piernas larguísimas y la espalda dorada.&lt;br /&gt;- ¿Vive solo?&lt;br /&gt;- No. Con ella.La perra movió la cola, orgullosa de ser el centro de la atención.&lt;br /&gt;- ¿Y no le da miedo?&lt;br /&gt;- Estoy acostumbrado. Tengo mi médico cerca y una mujer viene todos los días. Limpia y cocina. No me quejo.&lt;br /&gt;- ¿Cuántos años tiene?&lt;br /&gt;- Muchos.&lt;br /&gt;- Y además de ser coqueto, ¿me dice de dónde viene?&lt;br /&gt;- Soy polaco.&lt;br /&gt;- Su acento no parece polaco.&lt;br /&gt;El anciano arqueó una ceja, divertido.&lt;br /&gt;- ¿Y qué le parece?&lt;br /&gt;- Mmmm... No sé.&lt;br /&gt;- Vamos, juéguese.&lt;br /&gt;- Alemán.&lt;br /&gt;Don Fernando soltó la carcajada.&lt;br /&gt;- Le aseguro que no soy alemán. No le estoy mintiendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;6&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;El anciano se fue a dormir temprano. De pronto, el bullicio había cesado y una rarísima quietud se había instalado en el microcentro tucumano. La perra se recostó en la manta a cuadros, las patas cómicamente subidas a la reja del balcón.&lt;br /&gt;El pijama verde le quedaba un poco grande, pero le gustaba usarlo. Don Fernando miraba el cielo, dibujado entre las cortinas. Esa noche se sintió vivo otra vez, intuyendo los terribles vientos que soplaban a su alrededor. Escuchó el taconeo de la infantería sobre el asfalto; las aspas de los helicópteros en vuelos zigzagueantes; las voces de mando. Mientras nacía el 24 de marzo de 1976, soñó con un submarino que burlaba subrepticiamente el cinturón de hierro del estrecho de Gibraltar.&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;&lt;br /&gt;7&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;A las 6 de la mañana estaba en pie, escuchando en la radio los detalles del golpe militar. Se había decretado el estado de sitio. Mejor no esperar a Blanca. Pero las triviliadades domésticas no menguaban su entusiasmo. No había un alma en la calle; ni un bocinazo. Desde el balcón, con la taza humeante en las manos, distinguió el fusil. Los pelotones estaban esparcidos por las esquinas. Soldados jóvenes, muy jóvenes. La perra ladró y ellos levantaron la vista. El anciano les sonrió.&lt;br /&gt;Abrió el pequeño placard y eligió el traje oscuro. La corbata azul. La camisa blanquísima. Los zapatos relucientes, cuidadosamente envueltos. Encontró sus gemelos de oro. Volvió a afeitarse. Y una vez vestido, impecable, tal vez con la dignidad recuperada, se enamoró de su reflejo en el antiguo espejo del aparador. Levantó el mentó, se pasó la lengua por los labios resecos y los dedos de la mano derecha se comprimieron en un puño de acero.&lt;br /&gt;Mientras caminaba rumbo a la plaza, los soldados lo observaban con curiosidad. Ninguno le cortó el paso. La renguera era notoria, pero la portaba con particular determinación.&lt;br /&gt;Frente a la Casa de Gobierno, alrededor del mástil, había un destacamente formado, listo para rendir honores al izamiento de la bandera. Muchos militares y algunos civiles charlaban en voz baja, formando corrillos aquí y allá. Casi no se distinguían curiosos.El anciano se quedó a un costado, pasando inadvertido, hasta que se hizo silencio. Por la amplia escalera, con ropa de fajina, semblante de piedra y ojos glaciales, descendió el general. Cruzó la calle raudamente, intimidando a cada paso. La pistola en la cartuchera. Estaba claro que no había dormido; subido al potro de la brutal asonada relamía el festín de poder y de muerte que la historia le había asignado.&lt;br /&gt;Don Fernando le salió al cruce en un relámpago y le tendió la mano. Perplejo, el general lo miró. Se le atragantó el reproche a la guardia. ¿Qué hacía ese hombre allí? Pero no le salieron las órdenes. Ni la aspereza. La mano seguía extendida, firme, resuelta. Y por alguna razón inexplicable se sintió impelido a aprehenderla, a disfrutarla, a gozar ese contacto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El apretón de manos entre Antonio Bussi y Adolf Hitler duró exactamente ocho segundos.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-1371998252931990353?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/1371998252931990353/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=1371998252931990353' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/1371998252931990353'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/1371998252931990353'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2008/11/el-encuentro.html' title='El Encuentro'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQ-PkCCVixI/AAAAAAAAAAw/lmrTGSm0uzA/s72-c/DV497025A.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-4022484323600509697</id><published>2008-10-29T15:44:00.000-07:00</published><updated>2008-10-29T15:58:12.312-07:00</updated><title type='text'>La Corona</title><content type='html'>&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;I&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span&gt;- Jerusalén apesta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Clelio maldijo el sol de la mañana y Rufus largó la risotada.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Siempre se puede estar peor-, le dijo al oído. Apestaba a vino agrio, entre otros aromas nauseabundos. Clelio sintió la arcada subir. La controló.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Mirá ese desgraciado. Es nazareno. ¿Estuviste en Nazareth?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- No.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Es un agujero inmundo. Mejor no quejarse de Jerusalén.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Palestina es un agujero inmundo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;El nazareno estaba de rodillas. La espalda era una masa informe. Los latigazos le habían arrollado la piel, y entre la carne viva se distinguían nítidamente algunas vértebras. Clelio lo miró con indiferencia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Parece que los hermanos se divirtieron, ¿eh?-, le dijo Rufus.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¿Y el centurión?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Estuvo temprano. Pidió que los tres estén listos para llevarlos al Gólgota. Nos vamos en un rato.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¿Tres?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Si hay dos ladrones que también debemos crucificar. Los tenemos adentro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¿Y este qué hizo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Parece que es un profeta, o algo así. Acá están todos locos con esto de la religión.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Jerusalén apesta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;II&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span&gt;A Cuomo se le habían agarrotado los antebrazos. No entendía por qué el nazareno no pedía clemencia. Había gritado, desgarrado por el dolor, mientras el látigo desintegraba cada milímetro de su epidermis. La sangre había brotado, rabiosa, y salpicado a Cuomo en la cara. Se le metía en la boca, la sentía correr por el cuello. Mientras descargaba su furia de cuero y metal sobre el torso indefenso, Cuomo rugía de placer y de frustración. Ese hombre no iba a rogarle, en su lengua incomprensible, por el fin del suplicio. Cuando lo entendió estaba exhausto, con sed. Y con el orgullo quebrado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¡Eh, Cuomo! ¡Ya no sos el de antes!-, se había reído Rufus.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Ya no es el de antes-, subrayó Fernio, que se había dedicado a escupir y a patear al nazareno mientras su hermano llevaba el peso de la tortura.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¿Y para los ladrones no hay nada! -se quejó Rufus-. Al centurión no le va a gustar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Cuomo arrojó el látigo y se metió en la casucha donde amontonaban los desechos de la guardia. La resaca de una noche de dados y putas, las burlas de Rufus y de Fernio, el calor de la mañana... Todo estaba mal, pero lo que realmente lo atormentaba era la mansedumbre del nazareno. Su mirada. Lo odió.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¿Dónde están las vigas? -preguntó Fernio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Al fondo, las cortaron ayer- apuntó Rufus.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Este no va a poder cargarla.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;El nazareno se había desplomado sobre la tierra ardiente. Los terrones se le incrustaban en el rostro moreno. Los había lamido, en su desesperación por un poco de agua. El polvo le quemaba la garganta y le atenazaba los pulmones. Enloquecido de dolor, tosía y con cada convulsión la espalda parecía partirse en dos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Sí que va a poder-. Cuomo caminaba hacia ellos, arrastrando un poco las caligas, todavía con la sangre reseca del nazareno decorando su cuerpo de gigante.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Un poco más de consideración con el profeta...-, se burló Fernio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- No es un profeta, es un rey.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Los tres giraron en el acto; el gesto mecánico aprendido en el corazón de la legión, inducido por la voz de mando. El centurión los miró y estalló en una carcajada. Todos lo imitaron, menos Clelio, que a un costado permanecía absorto, pensando en que su destino en la cloaca del imperio estaba a punto de cambiar.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;III&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span&gt;- ¿Cómo que un rey?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Y no cualquier rey, Rufus. El rey de los judíos.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Qué locura. ¿Y por eso lo matamos?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Es cosa del Sanedrín. Pilatos no quiere problemas con esos dementes. Si hasta hizo que soltáramos a Barrabás.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Tremendo hijo de puta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- No perdamos tiempo. ¿Dónde están los ladrones?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Adentro.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¿Los prepararon?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Cuomo se mordió los labios y Fernio miró para otro lado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- No me digan que solamente le pegaron a este infeliz.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Al centurión le cambió el humor en un instante. De pronto también sintió el calor y se olvidó de la niña que había desvirgado un rato antes. Tan pequeña y tan delicada...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¡Clelio, a ver si te movés! Llevate a los ladrones y traigan las vigas. Ustedes dos ayuden un poco. Rufus, fijate qué hacemos con este tipo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Sacaron a los ladrones de la celda miserable y los condujeron detrás de los establos. Las maderas estaban prolijamente apiladas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¡Levántenlas!&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;El ladrón más joven metió las manos bajo el montículo de vigas y gritó de dolor. En la palma se le había clavado una espina, enorme, del espesor de un clavo y la implacable tenacidad de un aguijón. La piel se le había amoratado a la vuelta de la herida y la sangre le bañaba los nudillos. Se arrancó la espina de un tirón. Otro alarido.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Fernio se rió con ganas y Clelio quedó admirado por el tamaño de ese cuchillo natural. El espino crecía detrás, junto a un cobertizo, y había ramas dispersas por todas partes. Eran de un enigmático gris oscuro y se entrelazaban en formas inexplicables. Clelio nunca había visto un espino como ese. Es más: no recordaba esa planta. Y él había cuidado a los caballos durante mucho tiempo. Examinó con atención el arma que había perforado la mano del ladrón: tenía el tamaño de un dedo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;A su lado, Cuomo también miraba el espino con curiosidad. De pronto se le dibujó una sonrisa.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;IV&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span&gt;Cuomo era torpe, salvo cuando utilizaba el látigo. Los cuencos se le escurrían, los lanzazos rara vez daban en el blanco y las caricias a las prostitutas se transformaban en palizas. Lucía callos en lugar de yemas. Por eso, Clelio se sorprendió al verlo manipular el espino con la destreza de un orfebre. Lo fascinaba la velocidad con la que movía sus dedos casi sin lastimarse entre esa trampa de púas, a la que empezaba a darle forma.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¿Qué estás haciendo?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;-... un rey...&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Algunas ramas se quebraban cuando Cuomo las doblaba prolijamente. Había armado tres círculos perfectos de espinos, sólidamente unidos, y en los insterticios colaba otras puntas, más pequeñas pero no menos amenazadoras. Clelio quedó maravillado por esa pieza, extraña y fascinante. Sobrenatural en su esencia.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¿Te gusta?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Es... ¿qué es?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- La corona que se merece nuestro rey.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;V&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span&gt;Regresaron al patio con las vigas a cuestas. Ni una nube. Ni una brisa. Ahora el centurión estaba de pésimo humor. Rufus había conseguido poner de pie al nazareno.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- No me gusta lo que está pasando en la calle. Mucha gente. Hay un pelotón desplegado hasta el Gólgota, así que llevemos a esta basura rápido. Sin distracciones.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Este no va a soportar la viga-, observó Rufus.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;El centurión dudó. Pretendía terminar el trabajo rápido. El viernes era un día complicado en Jerusalén, y había percibido que la ejecución del profeta podía provocar disturbios. No se sentía con ganas de luchar en las calles. Le dolía la cabeza.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Sí que puede. ¿Verdad que podés?-, le espetó Cuomo al nazareno.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Fernio y Clelio ajustaran las vigas en los hombros de los ladrones. Cuomo sostenía la madera con el brazo derecho. El izquierdo lo mantenía oculto.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Que cargue la viga y marchemos de una vez- decidió el centurión-. Los espero en la puerta.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Cuomo dejó el poste en el piso y Rufus acostó al nazareno encima. Le ató las muñecas hasta hacerlas sangrar y lo irguió de un tirón. El condenado estuvo a punto de quebrarse cuando todo el peso confluyó en sus hombros, pero de algún modo -y ese fue un momento que Clelio recordó toda su vida-, levantó la cabeza y miró a los cuatro a los ojos. El tiempo se detuvo en ese patio mugriento, impregnado de bosta, de sudor y de sufrimiento.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Hasta que Cuomo rompió el hechizo con un movimiento veloz, preciso, monstruoso e inapelable. Con su garra izquierda incrustó la corona de espinas. Y el indefenso nazareno lloró.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;VI&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span&gt;Clelio no le quitó la vista al nazareno. No lo distrajeron los gritos ni los insultos ni las mujeres que lloraban. Cuomo marchaba en silencio, como en trance. Rufus cuidaba a los ladrones. Fernio abría la marcha y el centurión la cerraba.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Recorrieron las callejuelas, buscando la subida al Gólgota. En un recodo el nazareno tropezó y entre la muchedumbre se hizo lugar un hombre fornido; la expresión triste, las manos extendidas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¡Que lo ayude, rápido!-, bramó el centurión.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;¿Cómo se mantenía vivo? ¿Hasta cuándo? ¿Llegaría consciente a la cruz? Clelio le daba vueltas al asunto, mientras el martillo y los clavos tintineaban en el interior de la alforja. Veía al nazareno arrastrarse por la tierra hirviente, las rodillas desholladas, la mirada vacía. Pero nada lo intrigaba ni lo atraía tanto como la corona.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Cuomo la había colocado de un manotazo, pero se había ajustado a la cabeza del nazareno como si estuviera hecha a medida. Las espinas habían penetrado hasta el cráneo; se habían hundido en las sienes (¿por qué no estaba muerto?). Refulgía bajo el sol. A Clelio se le antojó que era hermosa, terrible; la imaginó con franjas de oro, recubierta de piedras preciosas. De una feroz divinidad. Afiebrado, se secó el sudor de la frente. Habían llegado al Gólgota.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;span style="font-weight: bold;"&gt;VII&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;span&gt;La tormenta sorprendió a todos. No a Clelio. Los curiosos corrían, huían revolcándose en el barro. Retumbaban los truenos y la inundación amenazaba los barrios bajos de Jerusalén. El nazareno estaba muerto y un hombre hablaba a los gritos con el centurión. Le rogaba por el cadáver. Una bolsa generosa zanjó la discusión.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Van a bajarlo de la cruz. Que se lo lleven.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¿Y los ladrones? -inquirió Fernio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Tienen para rato, pueden durar hasta la noche-, apuntó Rufus, pensativo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Quedate con ellos -le ordenó el centurión-. Voy a dejar tres hombres del pelotón cerca. Con esta lluvia nadie va a acercarse.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Cuomo se había sentado, la espalda apoyada en la cruz. Tenía los ojos cerrados y el agua le correteaba por las mejillas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¿Te quedás?-, le preguntó Clelio.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Sí.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Me parece que esta es la madre.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- La otra es una puta. La conozco.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Tres hombres bajaron al nazareno de la cruz. Uno de ellos, muy flaco y de tez amarillenta, cargaba las herramientas y, con llamativa destreza, había retirado los clavos. Clelio lo reconoció. Siempre revoloteaba sobre el Gólgota y se ganaba unos monedas haciendo el trabajo sucio. El mayor le pagó y el espectro desapareció en medio del aguacero.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Recostaron el cuerpo en el barro. Purificado por la lluvia, limpias las heridas. Clelio le notó una particular distinción en el perfil, en la suavidad de las facciones. Cuomo se arrodilló a su lado y, con la misma destreza con la que había entretejido las ramas, arrancó la diadema de un hábil tirón.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Clelio abrió su alforja y la extendió. Suavemente, Cuomo extendió la corona y la metió en el saco. Clelio le hizo un nudo y cargó su tesoro con cuidado.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- Vamos, te invito un trago-, le susurró a Cuomo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;Empezaron a caminar despaciosamente hacia Jerusalén, mientras Rufus los miraba desde la cima del monte.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;- ¿Sabés, Cuomo? El domingo me voy a Roma.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span&gt;De repente había dejado de llover.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-4022484323600509697?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/4022484323600509697/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=4022484323600509697' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/4022484323600509697'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/4022484323600509697'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2008/10/la-corona_29.html' title='La Corona'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5727818302587758167.post-1025771922001604402</id><published>2008-10-22T14:27:00.000-07:00</published><updated>2008-11-21T07:58:20.762-08:00</updated><title type='text'>El ritual del espinazo triturado</title><content type='html'>&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SSbZ_FXvW7I/AAAAAAAAAA4/cDAz6tzrLaE/s1600-h/guillo.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer; width: 400px; height: 327px;" src="http://4.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SSbZ_FXvW7I/AAAAAAAAAA4/cDAz6tzrLaE/s400/guillo.jpg" alt="" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5271140091680480178" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="font-weight: bold; text-align: justify;"&gt;&lt;div style="text-align: right; font-style: italic;"&gt;&lt;span style="font-weight: normal;"&gt;Ilustración de Ricardo Heredia&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;1&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La mató con exquisitez. Vibrando con cada uno de sus estertores, sintiéndolos multiplicarse en sus entrañas. Esa agonía fue deliciosa y lo inundó de placer. El oído derecho había dejado de dolerle. Miró la hoja del cuchillo, el mango nacarado, el dragón de plata incrustado; sintió el filo en los labios y una gota de sangre se le escurrió entre el bigote enmarañado. La capturó, la degustó. Y como un rayo, disparó un nuevo estiletazo al cuello de la chica. El último hálito de vida se escurrió mientras el metal se ensañaba con la tráquea. A Emilio Dorfer, profesor de literatura de profesión, se le escapó un gemido. Y gozó con ese crimen perfecto, que no sería el último. Porque ahora le tocaba a la niña.&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font-weight: bold; text-align: justify;"&gt;2&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;El agua tibia le acariciaba la nuca, bajaba por la espalda, se escurría en remolinos. Dorfer apoyó la mano izquierda en los azulejos despintados y la punzada en el oído fue brutal. Cerró los ojos con fuerza, se los restregó, y dirigió torpemente los dedos a la sien. Se los miró: había sangre bajo las uñas. Casi perdió el equilibrio al aferrarse al cepillo. La bañera daba vueltas.&lt;br /&gt;- Papá, ¿te falta mucho?&lt;br /&gt;¿Qué hacía ella en el departamento a esa hora?&lt;br /&gt;- Papaaaaaaá...&lt;br /&gt;- Ya salgo, mi amor. Esperá.&lt;br /&gt;¿Dónde estaba el cuchillo? En el baúl del coche, seguro. Dorfer seguía intranquilo; había dejado la ropa en el piso del dormitorio. Su hija debía estar en el gimnasio en ese momento. El dolor se le estaba ramificando; le invadía la frente, bajaba por la nariz y se le metía en la garganta, hasta volver al oído. Enloqueció con ese círculo de púas que le arrancaba la carne y el vómito le brotó incontenible.&lt;br /&gt;- ¿Papá?-, preguntó Andrea a media voz, recostada en la puerta del baño, afligida. Con miedo.&lt;br /&gt;Dorfer la odió. Había caído de rodillas, exhausto. Le temblaba el brazo derecho, el mismo que había aprisionado tantos cuellos en el ritual del espinazo triturado. La odió y se odió.&lt;br /&gt;- Estoy descompuesto, Andrea. ¿Podés preparme un té?&lt;br /&gt;- Sí, pa. ¿Querés que baje a comprarte algo a la farmacia?&lt;br /&gt;- No. Ya salgo, dame cinco minutos.&lt;br /&gt;Sintió los pasos en dirección a la cocina y se decidió a erguirse. Le daba pánico la posibilidad de que otro ramalazo implacable lo dejara al borde del desmayo. Repasó mentalmente: el cuchillo estaba debajo de la rueda de auxilio. Limpio, inmaculado. Fantaseó con que lo tenía en la mano, listo para desgarrar la cortina, para probarlo en su propio muslo, surcado por un cruce de caminos con forma de cicatrices. Para hundírselo a Andrea en la base del cráneo. Recién en ese momento Emilio Dorfer, 51 años, respetadísimo estudioso de la literatura inglesa, se sintió mejor.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font-weight: bold; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;3&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;La lluvia lo ponía de buen humor. Su padre había muerto una tormentosa mañana de diciembre, ahogado por la bilis, los ojos inyectados de locura. Dorfer permaneció indiferente aquel fin de semana, apenas un cosquilleo juguetón y muy agradable en la boca del estómago cuando cargó el ataúd y lo depositó suavemente en el pasto mojado. Tenía 25 años, un título de licenciado en Letras, una esposa a la que no amaba y el firme deseo de matar.&lt;br /&gt;Se acomodó bajo el alero de un almacén, en la esquina, para mirar con detenimiento los chicos que salían de la escuela. A Dorfer le martillaba el pecho, eufórico. Precavido, había dejado pasar seis meses desde su último banquete. Ya no soportaba la abstinencia, tenía el cuchillo en el bolsillo interno del sobretodo y lo acariciaba de arriba a abajo. Los ojos del dragón, dos refulgentes piedras preciosas, sobresalían en el diseño plateado y le rozaban la piel.&lt;br /&gt;La niña apareció de repente, corrió a toda velocidad, chapoteando en los charcos con sus irresistibles botitas amarillas, y se detuvo, jadeante, en un quiosco. Dorfer se deleitó con el pelo ondulado, prolijamente decorado con cintas de colores, y con esas mejillas carmesí a las que pretendía despedazar con instinto de chacal.&lt;br /&gt;Era jueves. La madre de la niña se demoraría 10 minutos más de lo habitual y ella la aguardaría comiendo caramelos, paciente. Como todos los jueves, cuando la mujer se liberaba en un hotel mugriento y glorioso y disfrutaba sin complejos de los golpes y los orgasmos que su marido nunca podría regalarle. Dorfer la había seguido, la había espiado y la había deseado. Así, rugiente de placer con cada laceración.&lt;br /&gt;Miró el reloj y celebró la puntualidad de la mujer. Era el último ensayo, dentro de una semana la niña sería suya. El oído casi no le dolía; apenas un ronroneo, casi una picazón. Emilio Dorfer estaba listo para asesinar y apasionado por la novedad: nunca había torturado una nena de nueve años.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font-weight: bold; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;4&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Chesterton. Un aula repleta. Las clases teóricas aburrían a Dorfer, pero no tenía forma de librarse de ellas. Prefería las prácticas, el cara a cara con esos chicos que soñaban cada noche con James Joyce y remontaban el río Congo de la mano de Joseph Conrad. Chicos sin talento, se repetía. Los despreciaba, aunque nunca se habría animado a humillarlos.&lt;br /&gt;Eligió empezar la clase con el texto de Borges sobre la guerra de Malvinas. Estaba aburrido y el oído le dolía desde la mañana. Era miércoles. Faltaban tan pocas horas...&lt;br /&gt;- Juan López y John Ward. Jorge Luis Borges humanizó la guerra de Malvinas a través de este pequeño relato, pero no vamos a dedicarnos a él. A través de su lectura hay una pequeña clave que nos permitirá llegar a quien realmente nos interesa.&lt;br /&gt;Dorfer enseñaba sin pasión, casi sin elegir las palabras ni enriquecer las ideas. Y aún así era brillante.&lt;br /&gt;- Leelo, por favor-, le ordenó a la muchacha radiante y de escote descomunal que había registrado cuando ingresó al salón. Ella se acomodó los anteojos con el índice, echó una miradita triunfal al auditorio y empezó: “les tocó en suerte una época extraña...”&lt;br /&gt;Dorfer, que había memorizado esas líneas casi al momento de descubrirlas, escudriñaba ojos, expresiones, emociones. “Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras...”&lt;br /&gt;Pensó en su padre. Y en su madre. “Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen”.&lt;br /&gt;Pensó en la niña. “El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender”.&lt;br /&gt;La muchacha terminó y, mientras le devolvía la carpeta, lo miró descaradamente. Dorfer decidió, en ese instante, que ella viviría.&lt;br /&gt;- Quiero que le presten especial atención a un párrafo. Ese segmento que dice “López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward en la ciudad por la que caminó Father Brown”. ¿Alguien sabe de quién está hablando?&lt;br /&gt;Silencio, algún carraspeo. Dorfer estaba por seguir, mecánicamente, cuando vio la mano apuntando al cielo. Era una mano larga, huesuda, proyectada por una campera negra de cuero. Una mano insultante, se dijo. Indigna, se convenció.&lt;br /&gt;- ¿Si?&lt;br /&gt;- Es un personaje de Chesterton. Father Brown. Es un personaje de Chesterton.&lt;br /&gt;A Dorfer no lo sorprendió la respuesta, sí de quién venía. El resto de la clase fue una tortura para él, una sucesión de tropiezos, mientras una aguja se ensañaba con su oído.&lt;br /&gt;Emilio Dorfer, que nunca había matado un hombre, decidió en esos momentos que el novio de su hija conocería el verdadero significado del dolor.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font-weight: bold; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;5&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Más lluvia. Y frío. La escenografía ideal. Sacó el cuchillo de la guantera, lo miró con deleite y se practicó una pequeña incisión en la yema del anular izquierdo. La sangre correteó dedo abajo, lista para escurrirse rumbo a la palma, cuando Dorfer la capturó con un movimiento preciso, salvaje. Estaba listo.&lt;br /&gt;Le refulgió la mirada cuando detectó las botitas amarillas, otra vez a los saltos. Y se sorprendió al comprobar que a la niña le habían cortado el pelo. No pudo reprimir una sonrisita: él se había afeitado el bigote esa mañana.&lt;br /&gt;Más tarde, en la ducha, maravillado, repasó cada momento. Nunca pensó que sería todo tan sencillo, a punto tal que en algún instante la adrenalina había fluido con menor intensidad que la habitual. El rapto, el golpe magistral, la lona cubriendo a la niña en el piso del coche, las calles desiertas, la casa del barrio. La de sus padres. Sólo él tenía la llave.&lt;br /&gt;Era una de esas construcciones de principios de siglo, la típica casa chorizo con zaguán, recibidor, patios y las habitaciones sucediéndose una tras otra. Dorfer había achicado el comedor y eliminado el balcón señorial para convertirlo en una espaciosa cochera. Arrastrar los cuerpos inertes hasta el cuarto de los gritos ahogados era un ejercicio estimulante. Y cargar a la niña fue un juego.&lt;br /&gt;Cruzó el patio a toda velocidad, evitando de memoria las baldosas flojas. La niña empezaba a moverse. Dorfer echó una ojeada a la cocina. Un enjambre de cucarachas recorría la mesada, se metía por los anafes, bailaba en los zócalos la danza del hambre. Apretó el paso, y mientras sostenía a la niña sobre el hombro derecho sacó el manojo de llaves del espacioso bolsillo del sobretodo. Los nudillos chocaron con el nácar del cuchillo y los latidos se le aceleraron. El candado cedió con un chasquido y, mientras respiraba ese embriagador aroma a encierro, humedad, vidas sesgadas y sufrimiento, colocó suavemente a la niña sobre la vieja mesa de roble.&lt;br /&gt;La chiquita se acomodó sobre el costado derecho. El parietal izquierdo exhibía las huellas del mazazo que Dorfer le había aplicado en el coche. Un hematoma púrpura, de extraña perfección en su circularidad. Dorfer presionó sobre esa sangre acumulada bajo la piel virgen y la niña, todavía inconsciente, se estremeció.&lt;br /&gt;Buscó la cinta para embalajes y rodeó la cabeza de la niña, a la altura de la boca, con fuerza. A Dorfer no le gustaba escuchar súplicas ni quejidos ni razones. No porque fueran a conmoverlo. Pensaba que la condición de cordero era una suerte de regalo divino que no debía mancharse con la torpeza de un ruego. El sacrificio era un acto demasiado sublime como para rebajarlo a través de los lamentos.&lt;br /&gt;Se sentó en la mecedora de su madre. El mimbre crujió. Mientras aguardaba que la niña se despertara, listo para recorrer el cuerpecito vibrante con la hoja del cuchillo de su abuelo, manoteó el libro de tapas duras de la repisa y se sumergió en el universo de Ralph Waldo Emerson. El zumbido en el oído lo acompañaba, pero no lo molestaba.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font-weight: bold; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;6&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Emilio Dorfer había matado a su esposa un primero de enero a las cuatro de la madrugada. Andrea tenía seis años. La había enterrado bajo las tablas del que había sido su dormitorio. Allí también fueron a parar los despojos de la niña. Lavó con cuidado el plástico con que la había envuelto en el coche y con el que cubrió la mesa de roble. Limpió el piso de la habitación del placer. Puso el cuchillo bajo la rueda de auxilio y se marchó a casa, exultante. A Emilio Dorfer le quedaban dos horas de vida.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font-weight: bold; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;7&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Cuando salió de la ducha escuchó el portazo. Andrea.&lt;br /&gt;- ¡Pa! ¿Estás?&lt;br /&gt;- Sí, amor. Me estoy cambiando.&lt;br /&gt;- ¿Puede venir Felipe a comer?&lt;br /&gt;- ¿Qué Felipe?&lt;br /&gt;- No seas malo.&lt;br /&gt;- ¿Te contó de la clase de ayer?&lt;br /&gt;- Sí, me dijo que fue el único que sabía una respuesta de...&lt;br /&gt;- ¿De?&lt;br /&gt;- De un escritor.&lt;br /&gt;- De Chesterton.&lt;br /&gt;- Sí, de Chesterton.&lt;br /&gt;- ¿Quién es?&lt;br /&gt;- ¿Sabés que hay en esa pieza? Son libros, Andrea. No hacen nada.&lt;br /&gt;- No empecés.&lt;br /&gt;- Bueno.&lt;br /&gt;- ¿Puede venir o no?&lt;br /&gt;- Puede.&lt;br /&gt;La idea de compartir la mesa con el muchacho le devolvió a Dorfer el malhumor del miércoles. Empezaban a desvanecerse las imágenes del cuchillo volando sobre el vientre de la niña, los ojos del dragón brillando en ese vaivén excitante. Y la puntada en el oído fue atroz.&lt;br /&gt;- Supongo que vas a cocinar.&lt;br /&gt;- Sí, pa. Milanesas. Las compré preparadas, hay que freirlas. ¿O se dice fritarlas?&lt;br /&gt;- Mmmm.&lt;br /&gt;- ¿Me das plata así pedimos un kilo de helado?&lt;br /&gt;- ¿Por lo menos puedo elegir un gusto?&lt;br /&gt;Andrea se le acercó y lo besó en la mejilla. Cerca del oído. Tuvo ganas de descuartizarla.&lt;br /&gt;- Sacá del tarro.&lt;br /&gt;- Te amo.&lt;/div&gt;&lt;div style="font-weight: bold; text-align: justify;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div style="font-weight: bold; text-align: justify;"&gt;8&lt;/div&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;Dorfer abrió la heladera, buscando cerveza, agachándose apenas, y diez segundos después de aferrar la lata ya estaba muerto. La hoja del cuchillo de cocina penetró con sorprendente facilidad en su cuello y lo atravesó por completo. El cuerpo se desplomó y Andrea, los labios húmedos y los ojos encendidos, lo apuñaló siete veces en la cabeza.&lt;br /&gt;La sangre corría por los cerámicos blancos, empapaba las zapatillas de Andrea, le rodeaba las rodillas, caliente, más espesa que nunca. No pudo reprimir el grito liberador, feliz, complacido. Ya no tendría que perder el tiempo jugando a Dios con animalitos ni consumida por las fantasías. Como su padre, tantos años antes, sabía que matar era, más que un destino, la más bella de las obligaciones. Lo que la sorprendía, mientras preparaba con minuciosa e irresistible perfección la escena para adjudicarle el crimen a Felipe, era ese inexplicable dolor que le taladraba el oído derecho.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5727818302587758167-1025771922001604402?l=holdencaulfield08.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/feeds/1025771922001604402/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=5727818302587758167&amp;postID=1025771922001604402' title='6 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/1025771922001604402'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5727818302587758167/posts/default/1025771922001604402'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://holdencaulfield08.blogspot.com/2008/10/dorfer.html' title='El ritual del espinazo triturado'/><author><name>Holden Caulfield</name><uri>http://www.blogger.com/profile/12490916901955578525</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='25' height='32' src='http://1.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SQj0jtwso4I/AAAAAAAAAAM/vafNtSkcOAU/S220/The_Catcher_M.jpg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_33bRZuWJdQQ/SSbZ_FXvW7I/AAAAAAAAAA4/cDAz6tzrLaE/s72-c/guillo.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>6</thr:total></entry></feed>
